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jueves, 30 de junio de 2016

CAPÍTULO II

Capítulo II
La salida del aula del primer opositor distrajo a Jaime de sus recuerdos.
-¿Qué tal te ha ido?- le preguntó.
-Creo que bien. ¿Tú no entras a escuchar?
-Tengo nueve por delante y soy el último en la presentación. Me pongo nervioso con tanta espera.
-Cuando te toque ya será el medio día.
-No me agradaría que me dejaran para la tarde. ¿Te han preguntado alguna aclaración sobre lo que has leído de la Memoria?
-Solamente el inspector se ha interesado por una cuestión que me ha sorprendido. Me ha preguntado si les pegaba a los niños.
-¿Y qué le has contestado?
-La verdad, que algún cachete había que dar para que existiera disciplina.
Se marchó el opositor. Jaime siguió pensando en su Memoria: era mucho lo que en su defensa se jugaba; el temor a no conseguir lo que había planeado hacía que la ansiedad le dominara. El Ministerio había anunciado que esta convocatoria era la última que celebraba; en adelante todas las plazas se ganarían por puntuación participando en el Concurso General de Traslados, y aquí solamente los años de servicio era lo que valía.
Jaime volvió a sus recuerdos. Arrugas de preocupación aparecieron en su frente.
Publicadas en el BOE la lista de los aprobados en las Oposiciones a Ingreso en el Magisterio, preparé el inmenso papeleo necesario para solicitar el documento que me acreditara como funcionario en el Ministerio de Educación Nacional: certificado de buena conducta, firmado por el sacerdote y el alcalde de mi pueblo (Jefe local de Falange Española); mi adhesión al Movimiento Nacional, jurando inquebrantable apoyo al Jefe del Estado, y el certificado médico de no padecer enfermedad alguna de tipo contagioso.
El pensar que había aprobado unas oposiciones para enseñarles a los alumnos que Francisco Franco Bahamonde era el padre protector de todos los españoles, que su valor y heroísmo salvó a la patria de caer en manos de las hordas rojas, como decían los libros, era duro de digerir cuando sabíamos que todavía había en las cárceles españolas multitud de presos políticos, muchos de ellos intelectuales, que por no querer firmar el documento que yo sí había firmado, sufrían en silencio esperando la anhelada libertad que no llegaba. Y otros muchos que, habiendo sido degradados en sus cargos docentes, vivían con el estigma de ser malos españoles. Pero la realidad era cruda. Como obedientes corderos teníamos que dejar a un lado nuestras ideas si queríamos ejercer una profesión que, además de estar mal renumerada, era vigilada por la Iglesia Católica.
¿Y el reconocimiento médico? ¡Qué días de intranquilidad pasé cuando el doctor -un médico especialista en pulmón y corazón- tras haberme mirado por Rayos X manifestó que no podía firmar el certificado porque había descubierto en mis pulmones unas líneas fibrosas que eran sospechosas; necesitaba un análisis de mis esputos para confirmar que mi salud era la adecuada. La hemoptisis, que ya tenía olvidada, se me presentó como un rayo en mi cerebro, creí que el esfuerzo realizado para aprobar la Oposición no había servido de nada y sería un inútil la corta vida que me quedara. No dijimos nada a sus padres, ni tampoco a mi familia; las cariñosas palabras de ella y sus explicaciones de enfermera lograron que no cayera de nuevo en el abismo. Y al día siguiente, en ayunas, temblando como un niño desprotegido, me dirigí a la Dirección Provincial de Sanidad llevando en un frasco los esputos que con gran esfuerzo logré introducir. Fue una semana de angustiosa espera. Nuestras miradas, cuando estábamos en casa, tenían que realizar un gran esfuerzo para que no delataran la preocupación y el sentimiento afligido que escondían nuestros corazones. De las palabras que el médico escribiese en el anhelado certificado iba a depender nuestro futuro inmediato. Y con qué valentía asumió ella la situación. A ratos sentía vergüenza de no poseer el valor que demostraba constantemente para afrontar un estado tan delicado para que nadie dudara de mi salud. ¡Cuánta grandeza de amor! ¡Cuánta entrega desinteresada! En esa semana de espera me dio tal cantidad de cariño, puso tanta esperanza en mí, que por mucho esfuerzo que yo hacía para corresponderle me quedaba siempre rezagado.
Y llegó el día. Expectante y tembloroso acudí a buscar los resultados. Otro compañero de Oposición esperaba igualmente intranquilo paseando por una de las salas lóbregas de Sanidad: su corazón parecía tener alguna cardiopatía que él desconocía. Eran tiempos en donde la mala alimentación y los temores sufridos en la infancia y adolescencia ya dejaban secuelas en una juventud desorientada. Habían pasado veinte años de la terminación de la Guerra y aunque muchas personas se habían acomodado a vivir sin libertades, existían otras que por no querer amoldarse a las exigencias del Régimen sufrían en silencio hambre material e intelectual.
Pasada media hora de anhelante espera salió una enfermera uniformada. Pronunció mi nombre en voz alta y me entregó el documento. Allí mismo comencé su lectura con tanta avidez que no entendía lo que el médico expresaba. Respiré profundamente y, un poco más calmado, volví a leerlo. “... Realizadas las pruebas necesarias, el nombrado anteriormente no padece enfermedad contagiosa alguna, aunque en su pulmón derecho se vislumbran unas travéculas fibrosas de aspecto inactivo; ello no le impide el poder desarrollar su trabajo como Maestro Nacional de Primera Enseñanza”.
Salí corriendo a la calle y allí estaba ella esperándome. Mis ojos, humedecidos por la emoción, buscaron los suyos afanosamente. En la acera de enfrente un vendedor de cupones gritaba:
-¡Los de la suerte! ¡Diez y veinte iguales para hoy!
Le compramos un número. Estábamos seguros que nos iba tocar.
Se estrenaba la primavera de 1961. Tenía las oposiciones aprobadas pero faltaba en el itinerario de mi vida cumplir con un requisito obligatorio para todos los jóvenes españoles: el servicio militar. Ya tuve que realizar el verano anterior veinte días de campamento en las laderas del Moncayo para conseguir el título de Instructor Elemental sin el cual no podía ejercer como maestro. Fueron días de ir vestido con pantalón corto y camisa gris, luciendo en el pecho el escudo del Frente de Juventudes con su cisne dorado y el tablero de damas. En aquel bello paraje, cercano al sanatorio de Agramonte, al que alguna noche íbamos a rondar a los misteriosos enfermos que allí soñaban, al placer de gozar de la naturaleza se contraponía las consignas políticas que te recordaban que el niño era portador de valores eternos que había que consolidar. Todos los asistentes nos convertimos en “camaradas” practicando el saludo con la mano en alto cunado nos dirigíamos a los jefes. Pero ahora era la mili, el obligatorio servicio militar.
Con una notificación que había recogido en el Ayuntamiento de mi pueblo, tenía que presentarme, a las nueve en punto de aquella mañana de finales de marzo, en el viejo cuartel de San Lázaro, cuyas altas paredes amuralladas se reflejaban en el río Ebro junto al puente de Piedra. Librado en el sorteo de haber caído en África, plaza temida por todos los reclutas y sus familiares, debido a los recientes enfrentamientos habidos entre tropas españolas y marroquíes en el territorio español de Ifni, desconocía cuál iba a ser mi destino en Zaragoza. Cientos de “quintos” entramos como ovejas perdidas y descentradas en aquel viejo recinto protegido por dos soldados de guardia; los nervios me habían impedido desayunar y ahora sentía hambre. En aquel extraño desbarajuste, la voz potente de un sargento chusquero tranquilizó nuestro murmullo incontrolado. Con su voz ronca nos hizo formar varias filas un tanto desordenadas.
Un oficial de graduación mayor apareció ante nosotros y explicó cómo se había resuelto el destino de cada uno. A los que el apellido comenzaba por la letra P, y hasta el final del abecedario, grupo al que yo pertenecía, nos destinaban al Regimiento de Artillería Antiaérea, Nº 75; otro grupo, a los cuarteles de la Academia General Militar, y el resto a Valdespartera. Desconocía en qué parte de la ciudad se hallaba mi destino ni cuál era su misión; la mili es un paréntesis en la vida de la persona que creaba multitud de problemas, haciendo perder dos años muy valiosos para la formación de los jóvenes.
Pasada media hora aparecieron varios camiones, algo destartalados, cubiertos con lonas abiertas en la parte trasera. Otro sargento nos fue llamando uno a uno indicándonos el vehículo al que teníamos que subir. No conocía a nadie de los que iban a ser mis compañeros, pero nuestras miradas y gestos demostraban que nadie se encontraba a gusto. Cuando los camiones emprendieron la marcha, un murmullo de adioses y lloros silenciosos salieron del grupo de familiares que en la acera esperaban impacientes. Al no poder venir ella nadie estuvo presente en mi despedida. Fue al pasar por el puente de Piedra y por la orilla derecha de la ribera cuando recordé los paseos románticos que por esa parte del río habíamos dado contemplando sus aguas y a los pescadores que en sus orillas se aposentaban, cercanos a la pasarela metálica que tanto se movía cuando el cierzo soplaba con fuerza.
Abandonada la ciudad nos llevaron por una carretera estrecha que atravesaba extensos cultivos de huerta. Tras media hora metidos en los camiones-caja, cuyos motores resonaban con fuerza, nos dejaron en el campamento en donde tendríamos que realizar, al menos durante tres meses, el periodo de instrucción hasta llegar el momento de jurar bandera y convertirnos en soldados. El paraje, situado en las cercanías de un barrio rural de la ciudad, pero alejado de la gran urbe, más parecía un desierto que un lugar para acampar. Aquel destierro nos convirtió en reclutas solitarios, casi prisioneros, obligados a obedecer y a callar; los estampidos producidos en el despegue y aterrizaje de los aviones a reacción, en la cercana base americana, ponían un contrapunto molesto en aquel inmenso descampado.
¡Qué pérdida de tiempo! pensaba. La vida en el cuartel arrastrando el izquierda, derecha; izquierda, derecha... junto a las clases teóricas de un cabo primero que se empeñaba en enseñarnos los galones y estrellas que distinguían a nuestros superiores, resultaba surrealista. Todavía existían reclutas analfabetos a los que, enterado un oficial de que yo era maestro, me asignó como trabajo especial el darles todos los días una hora de clase. A la comida de rancho y a dormir en literas ya tenía la experiencia de haberlo vivido en el internado del colegio: hacerme la cama y coser algún botón si se caía lo había realizado muchas veces. Era el trato infantil, y a veces grosero, con el que eras tratado, el que te hacía sentir fobia a lo que la mili representaba; sobre todo la prepotencia de los suboficiales cuyo poder residía en sus hormonas.
Al segundo día de nuestra estancia en el campamento pasamos todos por la peluquería para raparnos, casi a cero, nuestras cabezas. Previamente, una ducha colectiva de diez en diez, con agua fría y ante la presencia de un cabo que con órdenes altisonantes nos jaleaba como si fuéramos caballerías, dejó nuestros cuerpos limpios pero ateridos. La llegada del atardecer, cuando libre de toda disciplina podías ir a la cantina, era el único momento de tranquilidad: el bocadillo de sardinas en aceite, acompañado de una cerveza, ponía paz a una jornada maratoniana de gimnasia, instrucción y órdenes descabelladas.
A los veinte días, ¡sorpresa! Regreso de todos los reclutas a la ciudad para realizar en el Hospital Militar un reconocimiento médico: extracción de sangre para su análisis y exploración del pecho a través de Rayos X. A la semana siguiente nueva sorpresa. Algo habían visto en los pulmones, o en el corazón, de cuatro de nosotros que necesitaban ser estudiados con más detenimiento. Esta comunicación me alerta de nuevo el recuerdo del ya olvidado bacilo cavernoso: inquietud, zozobra y ansiedad; una mezcla explosiva que acelera el corazón y pone dolor en el estómago. Nos trasladan al recién estrenado Hospital Militar, en el barrio de Casablanca, en donde íbamos a pasar unos días internados. Pero el tiempo se alarga: nuevos análisis, nuevas radiografías y nadie te dice nada; únicamente esperar. Y en aquella grandiosa sala de enormes ventanales, cuarenta reclutas de todas partes de España dejábamos pasar lentamente los días, pensando en nuestros inciertos destinos, mientras el cosmonauta ruso Yuri Gagarín realizaba por el espacio el primer vuelo tripulado de la historia en el satélite artificial Vostok I, un vuelo que duró 108 minutos.
...Ay, amor ¿lo recuerdas? Aquí apareces de nuevo tú. Te comunico que tengo que pasar por un tribunal médico que valorará mi estado y seguramente me enviará a casa a reponerme. Y cuando lo haya conseguido tendré que volver de nuevo a comenzar el servicio militar: dos años más perdidos. Pero tú no te rindes. Por mediación de tus amistades llegas a hablar con el presidente del tribunal, un general médico, algo sordo, cuya hermana era enfermera y trabajaba contigo. Al presentarte a él se quedó sorprendido por tu petición y te dijo: "Muy enamorada tiene que estar cuando se atreve a dar este paso". Y la arriesgada visita tuvo su recompensa; tres días más tarde, el tribunal que tanto temía me calificó como: "Soldado útil para servicios auxiliares". Ello significaba mi ausencia del cuartel y sus tiránicas ordenanzas; la mili la pasaría en casa: era libre para poder seguir mi carrera de maestro. Cuando al mes siguiente recibí la “cartilla verde” me enteré de que medía 1´73 m; mi sangre pertenecía al grupo “A positivo”; mi perímetro torácico era de85 cm. y pesaba 60 kilos. ¡Qué delgado estaba!

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