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jueves, 26 de mayo de 2016

PREFACIO. DESDE EL BALCÓN

PREFACIO
Mi vida era una agenda llena de fechas, frases subrayadas y proyectos dispuestos a volar cuando el tiempo les fuera propicio. En sus monótonas hojas desfilaban a marchas forzadas esas obligaciones que inútilmente nos marcamos: trabajar, consumir, viajar, soñar, amar… como si fuéramos dueños de nuestro destino. Hoy ya no planifico las distancias ni los tiempos. Ni siquiera la hora de levantarme y acostarme. Solo ansío vivir cada momento queriendo dar amor y ser correspondido de la misma forma. La vida, ay, qué es la vida. ¿Tú sabrías explicarme su misterio? Hace cinco años, una tarde tormentosa de agosto, fea y escondida, puso en mi corazón un peso tan amargo que me adormeció. Entonces pensé, o soñé, que la vida no era blanca ni azul, ni siquiera gris. La vida era el tiempo: un hilo delgado, corto o largo, que en balanceo continuo se estira y encoge. Tal vez meditara que el vivirla humildemente, junto a la luz que cada día entra por la ventana, el hilo se engorde y dure más tiempo.
Aquella tarde, oscura y triste, en la que atravesé el espejo y volví, presencié en un alargado relámpago la revelación del pensamiento que todos llevamos dentro, nacido en el misterioso espacio cósmico al que siempre miramos. Pasado un tiempo, apaciguado el espanto de mi dolor y la metamorfosis de la duda, escribí en cascada todo lo que me contó el misterioso personaje que no pude ver pero que muy bien me conocía. Con la esperanza por bandera le prometí que cumpliría su mandato, que mostraría su mensaje limpio de andamiajes ficticios que mezclan verdades y mentiras, recordando que las flores y espinas que adornan nuestras vidas cada uno debe beberlas lentamente, con fidelidad a la tierra que nos vio nacer le debemos. Y hoy, tras tenerlo guardado secretamente durante cinco años, lo voy a ir sacando poco a poco a la luz para que todos conozcan su Novísimo Testamento.

Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se passa la vida, cómo se viene la muerte tan callando; cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parescer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.



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