sábado, 19 de marzo de 2016

LOS MEANDROS DEL RÍO EBRO



V.- EL DIOS DE UN CURA RURAL.
(Cinco Olivas y Alborge. Años 1.963-1.968).
Los meandros del Río Ebro.
Las campanas del reloj de la torre de la iglesia habían marcado ya las nueve de la noche, cuando alguien llamaba en la puerta de la casa parroquial. Alcalde, Secretario y Juez de Paz de Cinco Olivas me comunicaban que algo había ocurrido en la "Bocamina" del Ebro, porque la frágil barandilla del no menos frágil puente sobre las compuertas que dan paso a casi la mitad del caudal de río Ebro, estaba rota y alguien había caído por allí. La voz de alarma la dio Luis Carlos, el hijo del Alcalde y Médico de Cinco Olivas. Venía de festejar del pueblo limítrofe de La Zaida, donde residía su novia, hija del Secretario del Ayuntamiento.
La noche prometía ser una noche larga. Durante todo el día de primeros del mes de Febrero de 1964 hubo una niebla infernal. Salir de casa a esas horas, cuando todo el mundo estaba agazapado junto al fogón de sus casas, era de lo menos apetecible.
Prácticamente el pueblecito de Cinco Olivas está rodeado de agua por todas partes.
A trescientos metros antes de llegar al pueblo, según se viene desde Zaragoza, existe un túnel por debajo de la montaña, sobre la cual siguen firmes, aunque "tambaleándose" las ruinas de un antiguo "Fortín", y por este túnel se desvía gran parte del caudal del Ebro.
El agua sale al otro lado de la montaña para mover las turbinas de la Central Eléctrica de Sástago. Sobre las grandes compuertas que dan paso o contienen las aguas, según sea necesario, se construyó un puente estrecho, que más que puente parece un balcón.
En esta parte comienza el primer meandro de esta zona del Ebro. Tras las compuertas, en una especie de pequeño embalse, comienza el "túnel-bocamina", que engulle un inmenso caudal arremolinado y a una velocidad endiablada. En la otra parte, una vez atravesada la montaña, y al final del túnel, aparece un nuevo embalse en las mismas puertas de la central eléctrica.
Llagados al puente comprobamos que efectivamente la barandilla que daba al túnel estaba rota. La niebla nos impedía ver apenas nada. Enfocábamos con las linternas que inmediatamente eran neutralizadas por la endiablada niebla. Niebla que constantemente emergía de las aguas, se elevaba y extendía al mismo tiempo, como queriéndose rebelar contra el cielo y contra la tierra ocultándolo todo. Daba la impresión  que no había más cielo y tierra que aquel pequeño terreno por donde nos movíamos. Hacía una noche de infierno.
Llamamos a las autoridades de Sástago y a la Dirección de la Central Eléctrica. Se cerraron las compuertas y se dejó la "plazoleta" y el comienzo del túnel secos. Allí no se adivinaba que hubiese nada.
Al día siguiente con la débil luz de otro "día anieblado", se procedió también a vaciar el embalse que daba origen al "salto de agua".
En el pueblo de Sástago había cundido ya la alarma.
Tres jóvenes no habían vuelto a sus casas esa noche, después de haber ido a las Fiestas de Gelsa o de Quinto de Ebro. Se habían llevado el camión de la familia como vehículo de traslado. El conductor tenía 26 años, los otros dos habían cumplido los veinticuatro. Por la carretera dejaron a otro joven que les hacía auto stop, ya que desde la Estación de Ferrocarril de La Zaida no había autobús hasta Sástago por ser domingo ese día. No lo quisieron coger o no le vieron por causa de la "noche cerrada". Al llegar al desvío de la carretera local de Cinco Olivas, decidieron tomar unas copas en el bar del pueblo.
Una vez que hubo sido vaciado el embalse, apareció el camión con los cuerpos abrazados de los tres jóvenes. El camión atravesó sin obstáculo alguno el último "túnel entre la vida y la muerte".
La conmoción en Sástago y en los pueblos limítrofes fue impresionante. Todos imaginábamos ese último trecho del viaje con los "pelos de punta" y las lágrimas en los ojos.
Hacía siete meses que yo había hecho ese recorrido por primera vez hacia mi destino como cura párroco de Cinco Olivas y Alborge.
Era una mañana del mes de Julio del 63, cuando el viejo autobús, que el Señor Santos debió comprar en uno de esos desguaces que los americanos de la Base Aérea de Zaragoza hacían de vez en cuando, me dejó en "La Cortada", desvío de la carretera de Cinco Olivas.
Allí estaba yo vestido con sotana, negrísima, ante aquella luz del sol aplastante del verano, y mi pequeño maletín, para tomar "posesión" de mi primera parroquia como sacerdote.
A mi izquierda, el río con la barcaza que trasladaba a vehículos y personas hacia Alforque; a mi derecha las tierras pardas de un monte pelado, con "betas" de alabastro, y algunos tomillos y romeros sedientos de agua. ¡Tanta agua por el río Ebro y tanta sequedad por los montes!
Desde lejos el paisaje debía de ser muy curioso: entre agua y tierra un punto negro se movía con paso firme y ligero. Llegué a las compuertas, me asomé y me estremecí, pensando que navegar por ese tramo del río se adivinaba de lo más peligroso, por el riesgo de ser tragado por las aguas. Desde la mitad del Ebro el agua se encaminaba irremisiblemente hacia la '`bocamina", que era, es, absorbida inmediatamente por el túnel. En aquel momento pensé que si la sirga que sujetaba y dirigía la marcha de la barcaza de Alforque se rompiera, las aguas la iban a arrastrar para ser engullida hacia el interior de la montaña, y que sabe Dios hacia dónde irían a parar. No lo sabía en ese momento.­
Apartando "los malos pensamientos" continué cuesta arriba hacia el pueblo: a mi izquierda el Ebro, y a mi derecha la montaña. Al remontar la cuesta vislumbré el pueblecito entero. Lo primero que encontré fue el depósito del agua.  Cinco Olivas fue uno de los primeros pueblos que instaló el agua corriente por las casas.
Como el agua se cogía directamente del Ebro, y el depósito no tenía potabilizadora entonces, lo que se hacía era coger agua en tinajas para el consumo de boca. El tiempo más apropiado era la primavera cuando el río crecía por los deshielos del Pirineo, las riadas arrastraban toda la suciedad acumulada en las márgenes del río, y el agua quedaba en las mejores condiciones para su consumo.
"Cinco Olivas, a 58 km. de la capital de Zaragoza. Pueblo situado en los depósitos cuaternarios del Ebro, junto al río, en las proximidades del Bajo Aragón, a 161 m de altura sobre el nivel del mar, con una temperatura media anual de 15.6°, y 340 mm de precipitación al año. En esta época tendría 230 habitantes, cuando en 1900, tenía 523 hab., y en 1950, sumaban 319 hab. En 1978 solamente quedaban 166 habitantes". (Gran Enciclopedia Aragonesa, Edit. Unión Aragonesa del Libro, Unalí, S. L. 0. 1980).
"La población está asentada en la margen derecha del río, cuyo cauce cerca casi por completo el casco urbano; su iglesia parroquial, del siglo XVII, es de tapial y ladrillo, con torre de dos cuerpos al lado del Evangelio. Celebra sus fiestas anuales el 3 de Febrero, día de San Blas". (Gran Enciclopedia...).

Para mejor situarnos diré que en la margen izquierda del Ebro se encuentran las poblaciones de Gelsa de Ebro, Velilla, Alforque. Alborge, y el Monasterio de Rueda. En la margen derecha, Quinto de Ebro, La Zaida, Cinco Olivas, Sástago y Escatrón. Debido a tos meandros, y en los mapas, si no te fijas bien, se presta a confusión.
 El Río Ebro desde la casa del Cura de Cinco Olivas. Año de 1.964.

Mirando hacia el Ebro, a unos treinta metros de desnivel con relación a la entrada del pueblo, se encuentra una pequeña presa, azud, que hace posible que allí mismo se inicie una acequia que servirá (sirvió), en primer lugar para mover un molino harinero, otro molino para la fabricación del aceite, y posteriormente regaría toda la huerta. La fértil huerta de Cinco Olivas.
La Azud debía tener unos cuatrocientos años de antigüedad. En todo caso es muy posible que todas esas presas -hay más en esa zona-, se hicieran al amparo de los emprendedores monjes del Monasterio de Rueda. Las aguas remansadas por esta Azud posibilitan óptimamente el salto de agua de la central eléctrica mencionada anteriormente y que debió realizarse hacia el 1900.
Escuelas, viviendas de maestros, del médico y su consultorio, es el primer complejo edificado que encontramos. Edificación de ladrillos rojos con buenas perspectivas sobre el río y sobre las huertas, de reciente construcción, en aquel entonces Julio del 63. Viviendas muy soleadas.
A continuación comienza la única calle existente en el pueblo, bien cimentada, y a cuya izquierda y derecha se extienden las casas hasta llegar a la Plaza de la iglesia, continuando un trayecto un poco más corto en forma de "L" invertida.
"La calle está muy limpia y no se ve a nadie". Las puertas están cerradas u ocultas por los toldos para impedir el paso de las moscas, de la luz y del calor. Son la parte delantera de las casas, porque por la parte trasera es por donde se realiza la entrada de carros y caballerías.
Todas tienen su corral, su garaje e incluso su pequeño huerto o jardín. La vida se hace aquí en los patios entoldados, emparrados y encañizados, dando la sensación de frescura y de bienestar.
El cura, a quien voy a sustituir, se encuentra en la casa parroquial en la parte que da hacia el "terraplén" del Ebro. Saludos, alguna presentación de los vecinos más cercanos, y visita a la iglesia. Pequeña, limpia, y con todos los santos posibles a derecha e izquierda. Es de una sola nave con crucero.
La torre tiene un reloj que el ayuntamiento se encarga de tener en buen uso.
El cura me informa: "la gente es buena, muy religiosa, muy respetuosa con el cura, y en su mayoría asisten a todos los actos litúrgicos que se les haga".
"Son muy reservados en sus opiniones que normalmente no suelen comunicar directamente, sino a través de "dimes y diretes", pero siempre guardan respeto"'.
"El pueblo está muy cerrado en sí mismo, y los matrimonios se dan entre parientes más o menos lejanos".
Los apellidos se repiten de tal manera que se llegan un poco a confundir: Escobedo, Enfedaque, Fandos, Royo, Tejel, Gracia, Lorda, Costa, Tella, Pina, Palacios, y alguno más. De tal manera que a veces dudas si es Escobedo Royo o Royo Escobedo, la persona con la que estás hablando.
El primer contacto con el primer vecino es con el cartero que me dice: "Mosén, aquí en este pueblo no se qué pasa, pero todos los curas vienen pobres y se marchan con sus buenas “perricas” (dinerillos) ahorradas".
"Quiero que sepa que cultivo una huerta de la parroquia en alquiler y que pago todos los años por Navidad".
Mi respuesta fue: "no se preocupe que yo lo voy a tener muy en cuenta".
Me compré un ciclomotor de 0'5 c.c. de cilindrada al principio; después me compré un coche de segunda mano, que puse a disposición de la gente que lo necesitase para trasladarse a Zaragoza, y que se quedó en el pueblo cuando yo me fui de la parroquia para uso de la juventud.
Con las manos vacías entré y con las manos vacías me fui.
Manos vacías en sentido pecuniario.
En este primer momento percibí claramente lo que debía realizar: abrir a la gente hacia los demás pueblos del contorno; desarrollar un programa de información, formación; sacarles de la inercia más o menos “envidiosa” de sus vidas; y empujarles hacía la generosidad y altruismo para con los demás. Pero sobre todo intentar dar el paso desde la religiosidad individual que practicaban hacia el compromiso para con la Iglesia Universal y las necesidades de los más empobrecidos del mundo más cercano de su entorno.
Todo lo que hice y desarrollé tuvo siempre este trasfondo. Al menos lo intenté seriamente.
En adelante monaguillos, juventud y familias, iban a ser los campos en los que nos íbamos a desenvolver.

Visita a la Virgen del Pilar de Zaragoza del cura y de los monaguillos de Cinco Olivas. Año 1.955.


Mí primera intervención pública, después de los saludos y ofrecimientos de rigor, fue: "veo que todos sois muy respetuosos conmigo como sacerdote, y que corriendo venís a besarme la mano, pero en adelante creo que a quien realmente se debe besar las manos es a todas las madres del pueblo, pues ellas son las que se lo merecen por su labor de cultivar la vida de los hijos". La impresión que causó fue grandísima. Lo estaba diciendo un sacerdote de veintiséis años de edad y recién salido del seminario.
A partir de este momento casi todos los chavales del pueblo quisieron ser monaguillos.
En un pueblo de 230 habitantes, habitualmente había unos catorce monaguillos. Las sotanas tradicionales, roja con roquete blanco de puntilla, se cambiaron por túnicas blancas y cíngulo blanco. Les daba una figura más elegante y estilizada. Parecía como si todos hubieran crecido algo en un "santiamén", es decir, repentinamente.
Empezamos a preparar concienzudamente todas las celebraciones litúrgicas, que en principio constituyeron una atracción visual agradable.

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