martes, 8 de marzo de 2016

EL DIOS DE MI PUEBLO



El Dios de mi pueblo.
 
Mi padre se alistó en el Ejército Republicano, para según él, intentar ganar la guerra y salvar las colectividades del Bajo Aragón. Al perder la guerra se fue al exilio como todos los demás. En Francia permaneció hasta 1966 trabajando como viticultor en las viñas de "Maison Neuve", en un pueblecito llamado Tauriac le Morón, situado frente a la confluencia de los ríos Dordogne y Garone, cerca de St.André de-Cubzac y próximo a Burdeos. Francia fue para mi padre como su segunda patria. Le dio lo que España no le pudo dar: orgullo de sentirse persona trabajadora, estimado y reconocido como un buen trabajador de la viña entre sus vecinos.
Naturalmente, y al principio del exilio, estuvo internado en el Campo de Concentración de Argelès Sur Mer, donde el hambre, la humedad, el frío y las enfermedades hicieron estragos con los más débiles. Los anarquistas especialmente organizaron "comités" de solidaridad para aliviar a los enfermos. Para ellos se les conseguía algún alimento extra y se ayudaba a bañarse en las frías aguas del Mediterráneo para intentar curar la sarna que se había cebado en ellos. Naturalmente estoy hablando de la época invernal. Ese era el Dios de mi padre, el del apoyo mutuo.
Posteriormente vino la IIª Gerra Mundial con la ocupación de Francia por los nazis alemanes. Pero esto es otra historia.
Mientras tanto mi madre se quedó sola con dos hijos que sacar adelante. La escasez de alimentos y el recelo generalizado de unos para con los otros enmarcaban el ambiente del pueblo. Nunca jamás se oyó una queja de mi madre para con mi padre por haberles "abandonado". Nunca jamás mi madre habló mal de mi padre, al menos yo no lo percibí. Este era el Dios de mi madre, el del amor y el de la comprensión. Nosotros crecimos sin ningún recelo hacia nuestro padre. Creo que en situaciones similares de ausencia de un miembro de la pareja, la mejor educación que se puede y se debe dar a los hijos es contar, al menos, con el recuerdo positivo hacia el ausente, fuere por los motivos que fuere. Puedo decir que crecimos sin ningún trauma. Esto fue el mejor regalo de mi madre y de mis abuelos. A ello hay que añadir el gran respeto y cariño que se nos inculcó hacia la familia de mi padre, mis abuelos Santos y Blasa. Todavía lo recuerdo y me siento feliz y agradecido por ello. Esto formaba parte del Dios de mi madre.
En esta situación mis abuelos maternos, Remigio y Eulalia, y mi tío Francisco nos acogieron con ellos; y con ellos mi hermana y yo nos criamos.

Mis abuelos Remigio y Eulalia.
Mi madre se sintió plenamente arropada. La figura paterna era sustituida, en gran parte, por mi abuelo. Mi Dios sería el de mi madre y el de mis abuelos. Un Dios justo, fuerte, bueno, solidario con los demás, con todos los demás sin distinción, porque, al menos, "el santo temor de Dios incitaba a ello".
Hubo unos días en que mis abuelos decidieron abandonar el pueblo e irse a vivir al monte, a "Los Tollos", al pié de la Sierra de Arcos, entre La Silleta y La Pinarosa. Allí tenían un pequeño "más" (pequeña construcción) rodeado de olivos (empeltres y “pranzones”). Al sur la sierra y al norte la extensa visión hacia el pueblo. El pueblo quedaba lejos, la montaña estaba encima de nosotros. El silencio al anochecer era impresionante. Así lo percibía, más adelante, cuando de lunes a sábado subíamos a coger las olivas, siendo yo un mozalbete. Era el silencio de la naturaleza, de lo grandioso, de lo desconocido, y sobre todo el Dios que daba calor a mi familia.
 
Los Tollos. Albalate del Arzobispo.
Cuando después oía a Labordeta cantar aquello de "al atardecer todos los olivos bajan a beber"... ¡Qué recuerdos me traía!
El "mas" tenía una puerta de madera forrada de chapa, para que durase más tiempo y para ganar en seguridad, creo. En la planta calle estaba la cuadra da las caballerías y por una escalera se subía a la planta alta donde solo había una ventana. Puerta y ventana estaban orientadas hacia el mediodía. En esta planta estaba la cocina con su fogón de leña y separado por un tabique un lugar con paja limpia que hacía de cama comunitaria. Era como dormir en una tienda de campaña. El calor de los troncos en el fogón y el que subía de los animales abajo instalados, hacía que el dormir apaciblemente fuera de lo más natural del mundo. Con la salida del sol, al día siguiente, había que extender alrededor del olivo los "ternices" (grandes piezas de tela de cáñamo), sobre los que caerían las olivas sacudidas por nosotros ayudados de unas cañas y unas escaleras. Se recogían, y se separaban las hojas de las olivas para empaquetarlas en sacos. Al final de la jornada, mi tío atendía las caballerías, e íbamos a recoger ramas secas, romeros, y todo lo que podía arder evitando lo que podría producir excesivo humo. Mi madre preparaba la cena y las judías secas cocidas a fuego lento para el día siguiente. Yo me iba a la conquista de la soledad de aquellos barrancos donde abundaban los zorros, conejos y liebres. ¡Qué grandes eran los barrancos para mí entonces y qué pequeños me parecen ahora! La noche era impresionante por su silencio, su oscuridad, su profundidad y el suave "movimiento" de las estrellas. No creer en Dios en aquel paisaje, era un crimen, era un suicidio. Dios era necesario. Era necesario y era fortaleza para mi familia, y creo que para casi todo el pueblo. Porque también era esperanza de una vida mejor. Vivíamos por el recuerdo, nos hacía vivir mejor el presente, y nos daba esperanza para seguir viviendo la vida. Había sufrimientos y penurias, pero no había aniquilación y desesperanza. Dios era la Utopía de los pobres. Mientras, mi hermana quedaba al cuidado de mis abuelos en el pueblo. Mi hermana, que ha venido a ser la gran especialista en el cuidado de los ancianos. En ello ha ocupado prácticamente toda su vida. ¡Qué sencilla, pero grandiosa tarea!, aunque ahora es algo que "no se lleva". Los ancianos siempre han sido sustento moral y ético de la sociedad, de una sociedad humanista, sea ésta creyente o no lo sea.

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