sábado, 13 de febrero de 2016

EL CANTÓN CURTO



III.- LOS VECINOS DE MI CALLE:



EL CANTÓN CURTO.



El viajero baja del autobús en la plazoleta del Puente, y dando unos pasos alrededor de sí mismo estirando las piernas, observa el cuartel de la Guardia Civil en el que ondea la bandera de España. En los bajos del cuartel a izquierda y a derecha se encuentran las clases con niñas y niños de doña Presentación y don Gabriel. Estas clases están separadas de las Escuelas Nacionales ubicadas en el otro extremo del pueblo porque no caben en ella todos los alumnos.





El puente de Albalate, al pie del Portal del Pozadero



Bajo el terreno que pisan sus pies atraviesa la “acequia baja” que después de ser abrevadero de las caballerías, aguas arriba, se convierte a la salida del túnel, en un hermoso lavadero colgante con vistas al río, al cabezo Cantalobos y al del Palomar. Al lado atraviesa la carretera que recorre el pueblo por su parte este.



El lavadero


Levanta su vista y observa el castillo gótico que destaca por encima de las casas cual vigía que guarda al pueblo con incansable constancia.



El castillo desde la Rambla



Se dirige hacia el inicio de la “Cuesta de las Losas” –calle de don José Rivera- por lo que fue en la época medieval el Portal del Pozadero.
La Cuesta de las Losas


Conforme va subiendo, siempre con la vista en la torre mudéjar de la iglesia, deja a su izquierda la entrada al Barrio Bajo, y un poco más arriba, sin dejar de mirar la torre, alarga su mirada hacia el interior del Cantón Curto, tan bien a su izquierda. Es tan estrecho y tan oscuro, en contraste con la luz cegadora del sol en pleno día, que pasa de largo sin concederle importancia, aunque piensa que no le importaría descansar un poco gozando de su frescura.
Las dos hileras de casas del cantón, las de la derecha y las de la izquierda, están tan próximas que parece que los alerones de sus tejados se tocan dejando pasar únicamente la luz del cielo.



El Cantón Curto


El viajero va en búsqueda del Ayuntamiento sabiendo que se encuentra en la plaza de la iglesia. Por eso toma a la torre como “el faro” que le guía hacia el centro del pueblo.

Pero ese Cantón Curto, estrecho, oscuro y fresco tiene historia, tiene vida propia, y la tiene en abundancia.

Según nos cuenta Vicente Bardavíu Ponz en su Historia de Albalate, “la Villa estaba formada por el barrio de Firminus, nombre procedente de la época romana y que finalizaba en la plazoleta del Tremedal; la plaza Mayor, o de la Iglesia, con la calle Mayor y sus adyacentes hacia la casa de Marín y de San Ramón; y seguidamente hasta la Plaza Nueva”.

“Además estaba el Barrio de Supra-Villa, -la actual Churvilla y Carretera del Castillo-; y por otra parte el Barrio de Infra-Villa. Barrio Bajo formado por la parte baja a uno y otro lado de la Cuesta de Las Losas, -calle de don José Rivera- y a partir del Cantón Curto”.

“En esta margen izquierda del río Martín estaba la Rua, o  arrabal y Pozadero. Y al otro lado del río, frente a frente, el cabezo de las Abejas, o del Palomar, y el de Cantalobos. Entre los dos cabezos pasaba el Cursus o Coso agrupando a ambos lados casas y huertos hasta la Iglesia de San José y del Cementerio”.

“Nombres latinos como el del Rumi, el Romano, o Barrio de Roma, bajo la roca sobre la que se sustenta el Castillo, nos hace recordar la ocupación del lugar por parte de los Romanos”.



Entrada al barrio Rumi


José Manuel Pina Piquer nos hace ver que las “villae” eran frecuentes en el Imperio Romano como establecimientos agrarios en Aragón durante los siglos II y III. Y aunque entre los años 409 y 411 penetran en Hispania por los Pirineos, los Suevos, Vándalos y Alanos, en Aragón perduró la administración romana hasta mediados del S. V.

“Fue en los años del 441 al 454 cuando un movimiento llamado la “bagaudia”, revuelta de campesinos pobres contra el orden socioeconómico romano, lo que va a ir permitiendo la presencia de los godos hasta el S. VIII, en el que llegan los musulmanes”.

“Entre el año 713 y 719, los musulmanes llegan a los cerros del Castillo y del Calvario. Algunos albalatinos que habían vivido con los visigodos, aceptan el Islam colaborando con ellos. Los mozárabes que mantienen su religión cristiana, se establecen hacia los alrededores del cementerio (las lastras). Siglos IX al XI.

Emilio García Gómez me comenta lo siguiente: “Leo el término "Rumi" que citas asociándolo a Roma, como potencia colonizadora. Consultando diversas fuentes, entre ellas el diccionario de la RAE, veo que "rumi" era el apodo que daban los árabes a los cristianos. Tal vez haya conexión, pues, con la presencia árabe y, sobre todo, con los mozárabes (cristianos)”.

 Y continúa: “La misma palabra "rumi" la he encontrado en relatos sobre Estambul, que hacen mención de gentes procedentes de la Rumelia, tierra de los Balcanes actualmente ocupada por Grecia, Macedonia, Bulgaria, Rumania, etc. No tiene una relación, claro, con el "rumi" al que te refieres, que evidentemente data de tiempos de la dominación musulmana en España”.

Parece claro que la interpretación de Bardaviu Ponz sobre los “rumi”, la de Pina Piquer sobre los mozárabes marginándose hacia las afueras de la población, y la precisión de García Gómez sobre el apodo aplicado a los cristianos, pueden tener interrelación. Los de la calle Roma de Albalate, los “Rumi”, serían los que conectaban con los desplazados hacia el este, más allá del río.

En lo referente a nuestro Catón, Pina Piquer (Pág. 71), nos dice que entorno a la Alcazaba (castillo) y a la Mezquita Mayor (iglesia): “Las calles eran estrechas y sinuosas, de trazado arbóreo y con abundancia de adarves (del árabe Ad-darb: el camino estrecho, el desfiladero), calles interiores de las manzanas, más o menos los actuales cantones”.

Así pues la calle donde me crié juntamente con mi hermana María y mi madre Pilar era la calle del Cantón Curto. Mi hermana y yo habíamos nacido en la calle de la Churvilla, pero al exiliarse mi padre a Francia por haber sido de los perdedores en la Guerra Civil Española, fuimos con mi madre al cobijo de mis abuelos, que nos recibieron en su casa y donde permanecimos hasta que nuestras vidas adultas se independizaron, y una vez fallecidos los abuelos Remigio y Eulalia.

Si uno se colocaba en la Cuesta de las Losas, de espaldas a la fachada de la panadería de la señora Jacinta, tenía delante de sí el Cantón. A la izquierda, número uno, la casa del Serón, y a la derecha, número dos, la casa de la Águeda. Las dos casas hacen chaflán, o hacían, y te encauzan la vista hasta el fondo donde te encuentras con la fachada del Alejandrín. El Cantón parece que termina ahí, pero no es así, porque continúa hacia la izquierda sin dejar entrever lo que se encuentra a continuación.

La señora Rosa, la del Serón, a punto día, todos los días, “rujiaba” la calle con unas gotas de agua esparcidazas, y a continuación la escobaba a conciencia. La humedad hacía que no se levantase polvo de la tierra de la calle. Como todas las vecinas hacían lo mismo, en verano mañana y tarde, la calle adquiría una sensación de bienestar y frescura como si hubiera llovido recientemente. De alguna manera había como una especie de competencia entre ellas: “a ver quien dejaba la calle más escoscada”. Y no digamos si el día era festivo. Entonces con mayor razón.

 Posteriormente su marido el señor José abría la tienda de ultramarinos a las nueve horas en punto.

Me encantaba entrar en la tienda porque en ella se percibían olores que me llamaban mucho la atención: eran olores mezclados de muchas cosas, pero que habíamos aprendido a distinguirlos perfectamente. Olores que iban desde especias, abonos, chorizos, bacalao y sardinas de cubo, etc…, hasta alpargatas, albarcas, zapatos, sombreros, horcas de aventar la parva del trigo una vez que ha sido triturado por el trillo. Pantalones, jerseys, chaquetas… Alimentación, ultramarinos, y confección convenientemente separados. Ah, y sobre todo tebeos y libros de cuentos. Era un mundo mágico todo archivado en unos pocos metros cuadrados.

Pepe y Paquita eran los hijos del matrimonio. Pepe un mocetón, y Paquita una hermosa señorita, ambos vecinos de mi calle. Una Paquita anterior había fallecido a los 15 años en plena juventud. Esta Paquita, “la nuestra”, había nacido diminuta como una muñeca por la que sus padres tuvieron que tener un cuidado especial. Pero después…¡qué chica! Era una buena amiga, morena, con ojos grandes y una sonrisa permanente. En la fachada del cantón estaba la entrada a la casa y un pequeño escaparate de la tienda, pero la entrada de ésta era por la calle de Las Losas con escaparates a ambos lados de la puerta. La estrategia comercial estaba bien diseñada.

En la calle de Las Losas -oficialmente de don José Rivera-, recuerdo que las aceras estaban constituidas por grandes losas de piedra arenisca, que iban formando alargadas escaleras desgastadas por el tiempo, el uso de los humanos y por la lluvia. El centro era de tierra apretada con piedras para darle consistencia, pero que había que ir arreglando de vez en cuando. Caballerías y carros subían  y bajaban por la empinada cuesta. Alguna vez, y por no ir a rodear por la otra entrada del pueblo, por las Espilas -antigua Puerta Medieval de San Antonio-, se atrevían a subir con los carros cargados de sacos de trigo. Era toda una proeza. Los machos no podían con el peso, y a veces los carros reculaban, a los que había que poner detrás de las ruedas unas piedras como tope que permitían descansar un poco. La cabezonería del dueño por subir rápidamente, hacía que el ambiente se llenara de gritos, improperios, juramentos y amenazas. No quería quedar en ridículo: “sus caballerías eran de las mejores”.

El número dos del Cantón estaba gravado en la entrada de lo que en tiempos debió ser la cuadra de la otra casa que hacía chaflán. La cuadra había sido sustituida por una especie de cuarto trastero, patio posterior, bodega. Porque la entrada principal se hacía por la Cuesta de las Losas. Era la casa de la tia Águeda, que vivía con sus dos hijos Ascensión y Joaquín. Ella amiga íntima de mi hermana, y él carne y uña conmigo.

Conviene recordar que en Aragón, y sobre todo en los pueblos, cuando usamos la palabra tio/a -monodiptongada, sin acento-, es sinónimo de señor/a, y cuando le ponemos acento -tío/tía- indica parentesco.

La tia Águeda era de las mujeres, como mi madre, que no eran viudas, pero tampoco tenían marido, al menos, no lo tenían junto a ellas. Porque el  tio Joaquín, “el Pites”, estaba como mi padre en el exilio por causa de la guerra. Eran las mujeres que yo llamo “las solas”. Ellas sacaron adelante a los hijos, al igual que las viudas por causa de la guerra, o por otras causas. La tia Águeda y la tia Pilar tenían mucho en común, por eso se ayudaban y se consolaban mutuamente. Nosotros éramos como hermanos. Aunque mi madre tenía el amparo de mis abuelos y de mi tío Francisco que estaba soltero. Cuando una recibía carta de su marido acudía a la otra para hacerle partícipe de la buena nueva. Para nosotros la tia  Águeda, era además como si fuera la tía Águeda, con acento.

Nuestro amigo José Ramón Bada Panillo suele decir que las ausencias son tan importantes como las presencias.

Efectivamente, las ausencias aumentan el ansia de estar con el ser amado y no descansan hasta que se produce el encuentro. El amor, la amistad, el compañerismo durante la ausencia se purifica de las imperfecciones habidas y se tiende a idealizar al otro. Lo que pasa también es que se adquieren costumbres, vicios, impurezas, de los lugares por donde se pasa, o de las formas de vida que se lleva. Y a la hora del reencuentro supone una dificultad.

La vida en el frente de batalla en la Guerra Civil Española, la situación de “sálvese el que pueda” durante la ocupación de Francia por parte de la Alemania Nazi, las vidas solitarias vividas por separado, etc., como les ocurrió al tio Joaquín y al tio Laureano, hacen que la convivencia posterior no sea tan fácil, al menos en un primer momento.

Así le ocurrió a la tia Águeda y al tio Joaquín; como a  mi madre y a nosotros con respecto a mi padre. A la alegría de la presencia, le siguió el sufrimiento del reajuste en la convivencia. Conocer al padre a los diecisiete años, no es lo mismo que haberlo conocido desde siempre. Este fue mi caso y el de mi amigo Joaquín.

Pasar de la guerra a la paz tiene su dificultad. Y muchas veces no es tan fácil vivir en paz cuando se ha estado viviendo en guerra.

La convivencia hay que recomponerla como si se comenzara de nuevo. Fue un reto.

Zaragoza, Abril de 2007.

Bibliografía:
HISTORIA DE LA ANTIQUÍSIMA VILLA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, del Doctor D. Vicente Bardavíu Ponz. Zaragoza 1914.
“DE ILUSIONES Y TRAGEDIAS. Historia dek Albalate del Arzobispo”, del Profesor D. José Manuel Pina Piquer. Edit. Ayuntamiento de Albalte del Arzobispo. 2001.
Emilio García Gómez, Doctor en Filología Moderna por la Universidad de Salamanca. Etnografo.com.
José Ramón Bada Panillo, Ex Consejero de Cultura del Gobierno de Aragón.
Recuerdos y precisiones de mi hermana María. Sin ella no hubiera podido reconstruir estos relatos.

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