sábado, 13 de febrero de 2016

DE NIÑOS A HOMBRES



DE NIÑOS A HOMBRES.



Poco a poco, paso a paso, año tras año, sigilosamente, sin darnos cuenta nuestra niñez iba madurando, iba quedando atrás. Fue entonces cuando Francisco Artal Luesma, cura párroco del pueblo nos propuso a los monaguillos mayores y algún que otro jovenzuelo realizar una excursión especial. Había que llevarse merienda y cantimplora.

Y es que el cura joven, inquieto y emprendedor, estaba inmerso en un mar de curiosidad. Había escuchado el relato de las gentes, se había leído la Historia de Albalate de Mosén Vicente Bardavíu Ponz editada en 1914, y quería ser conocedor en primera persona de gentes y tierras de la Villa de Albalate.
Acompañado de algún vecino había visitado el Barranco de la Hoz, lugar de asentamiento de nuestros antiguos antecesores. Nosotros habíamos recorrido con él también el Barranco de Valdoria. Teníamos planeado llegar hasta la Cueva Negra cosa que nunca llegamos a hacer. El plan comprendía igualmente el recorrido del cauce del río aguas abajo desde El Batán a unos diez kilómetros del pueblo y a dos del Santuario de la Virgen de Arcos.

Cuando en 1970 visité el Parrissal de Beceite, a medida que iba subiendo hacia el manantial del río Matarraña, hasta una altitud de 1.229 metros, me acordaba de la aventura que de jovenzuelo tuvimos ascendiendo hasta Valdoria, origen de las aguas que abastecían el municipio de Albalate.

 Valdoria se encuentra en una zona de la Sierra de Arcos llamada La Silleta a 600 m. de altitud sobre el nivel del mar. El pico más alto y más cercano es el Coronas a 853 m. Y la altitud máxima de la Sierra la dan las Cucutas con 987 m. A la izquierda del barranco de Valdoria se encuentra la cueva del “Gorgo”, a la derecha la cueva de la Tarranclera, y en el centro la cueva de la “Higuera”. Llamada así por la higuera que nos recibe en la entrada al pequeño valle ¡Qué paisaje tan hermoso! Vegetación abundante y muy variada. El discurrir de las aguas y la frescura del ambiente. Una vez dentro del angosto te envolvía un microclima en plena Sierra de Arcos.

Cuenta la leyenda, recogida en su historia por Bardavíu Ponz, página 23 que recomiendo volver a leer, que desde una de esas cuevas comenzaba un pasadizo que llevaba hasta la Cueva Negra por debajo y a lo largo de la Sierra, unos dos kilómetros en línea recta. Y que al salir del túnel aparecía el río y al otro lado la Roca de Arcos. Leyenda que todavía no ha sido comprobada. También se decía que por allí se escondían los bandidos que asaltaban a las gentes cuando ascendían la Cuesta de la Calzada, paso obligado entre Andorra y Albalate.

Me consta que en estos momentos el Ayuntamiento de Albalate está haciendo un esfuerzo en la zona para hacer accesible al turismo el atrayente angosto de Valdoria.

Era verano y estábamos de vacaciones. Un coche nos subió hasta El Batán. Junto al puente por un estrecho sendero descendimos hasta el cauce del río. Exactamente donde comienza la acequia que Rivera-Bernad realizó para el salto de agua de la Central Hidroeléctrica en 1.901. El agua nos marcaría el camino. Íbamos a hacer el mismo recorrido que la acequia. Ésta se adentraba en el interior de la montaña excavada, y nosotros recorríamos paralelamente el cauce del río. Siempre con los pies en el agua. Posiblemente corría el año 1949 ó 1950. Arbustos, piedras, algunos árboles y las aguas limpias y trasparentes. Nos metimos por un estrecho donde el agua se iba encauzando. Anduvimos un buen rato hasta que llegó un espacio en el que a izquierda y a derecha se levantaban unas paredes de piedra viva imposible de escalar sin cuerdas. Delante de nosotros se originaba una cascada deslizándose el agua sobre una roca fina y resbaladiza.

Continuar era arrojarse a la badina que había abajo. Si seguíamos adelante debía de ser a base de nadar y sin poder volverse hacia atrás.

Nosotros decidimos continuar. Pero el sacerdote no tenía previsto, en aquellos tiempos, ponerse en bañador ante sus monaguillos. Lo cual le hizo decidirse por trepar la montaña, antes de quedar encajonados, y caminar por encima hasta salir a nuestro encuentro cuando ello le fuera posible. Comenzábamos a recorrer la zona llamada “Los Estrechos”.

Acequia del Batán para la Central Eléctrica. Tramo inicial.



 Acequia El Batásn. Tramo medio


Sobradero y Salto de agua para Central Eléctrica. El final de Los Estrechos.


Cogimos unas cañas y a un extremo de ellas atamos nuestras ropas y meriendas, y cual si fueran banderas o estandartes, nos lanzamos al pozo. La ropa quedaba por encima de las aguas evitando así que se nos mojara. “Cada uno llevábamos nuestra bandera”.
Sacerdote y monaguillos perdimos el contacto visual el uno de los otros. A los dos lados “paredes”, en el agua peces, y en el cielo cuervos, buitres y otras aves. Fue impresionante.

Al cabo de algún tiempo llegamos a una especie de vega ancha donde se cultivaban hortalizas y frutales. Era donde vivían los “Pitorros”, zona llamada “Los Chaparros”. - Creo recordar que su casa, corrales y parideras, formaban parte de una oquedad escavada en la montaña -.

El cura no tardó en llegar. Y los vecinos de aquel enclave del pueblo, nos agasajaron con embutidos y fruta fresca.

Continuamos aguas abajo y tras la anchura de los Chaparros, el río volvía a encajonarse durante un largo trayecto.


Llegamos hasta la Central Eléctrica de Rivera-Bernad. Ascendimos desde el cauce hasta la casa por medio de unos peldaños de hierro incrustados en la pared. Saludamos a los luceros y como ese día las turbinas estaban paradas para su mantenimiento, se nos permitió subir por el tubo del salto de agua hasta el embalse desde donde se originaba su caída.

El agua de la acequia encauzada en El Batán y nosotros encaminados por el río, “volvíamos a coincidir”. 

Nos bañamos en aquella piscina rodeada de vegetación con gran regocijo. La compuerta estaba cerrada porque no se necesitaba el agua en aquellos momentos. Con la compuerta abierta hubiéramos sido atraídos hacia la verja de hierro irremisiblemente.
El cometido de la verja era detener y no dejar pasar hacia el tubo de caída de aguas, troncos, animales, y malezas. El agua debía caer limpia para el movimiento de las turbinas.

Deberíamos cuidar no acercarnos al sobradero del embalse donde se originaba un gran salto hasta el río.

De todas las maneras, al ser verano, el agua que bajaba era la mínima, y quizás por eso se aprovechaba para el mantenimiento de la maquinaria productora de electricidad.

En aquel tiempo no teníamos ni idea de las Pinturas Rupestres que había a lo largo de todo el recorrido que habíamos hecho. Pasamos bajo ellas, cerca de ellas, y no nos percatamos en absoluto.


Fue en 1985 cuando unos jóvenes del pueblo dirigidos por Jesús Roldón descubrieron las pinturas. María Jesús Sanz lo puso en conocimiento de Antonio Beltrán Martínez que juntamente con J. Royo Lasarte comenzaron a estudiarlas y a divulgarlas.


Pinturas rupestres en el paraje de los Estrechos, Albalate del Arzobispo

Yo me pregunto, ¿si el sacerdote hubiera venido con nosotros por el cauce del río, se hubiera apercibido de las pinturas rupestres?
Lo cierto es que pasamos bajo ellas, cerca de ellas, sin pena ni gloria.

En aquella excursión insólita se encontraban posiblemente, Pascual Bielsa, Salvador Clavero, José Serón, Serafín Andrés, Francisco Pérez Bascuñana, Pedro Roche, José Palacios, Carlos Calvo, Pedro Clavería, y otros que ya no recuerdo.
No se si todos estaban, pero sí estaban algunos de ellos. Con su recuerdo podrán testificar el día tan extraordinario que pasamos.
Con ello nos habíamos recorrido prácticamente todos los asentamientos de nuestros antepasados.

Chaparros, Estrechos, La Hoz, Valdoria, Pinarosa, Cueva Negra, Cantalobos, Palomar, Val de Urrea, cerro del Castillo, Calvario, Arcos, Zuera y Radiguero son escenarios lejanos de nuestros antecesores que van más allá del comienzo de nuestra era.

Íberos, Romanos, Visigodos, Musulmanes, Cristianos fueron los actores en esos escenarios.

Los musulmanes probablemente ocuparon y fundaron Al-Balad (¿El Caserío?) en el año 713 de nuestra era.
También es probable que hacia el año 1.118, Alfonso I el Batallador hiciera huir a los musulmanes del término de Albalate, a la vez que de las tierras de Belchite.
En 1.119 los Señores de Belchite son poseedores del pueblo. En el Fuero de Calatayud (1.131) del Rey Alfonso I aparece el nombre de Albalate.
Y en 1.149, el Conde Berenguer IV, Príncipe de Aragón, concede al obispo de la Seo de Zaragoza la Villa de Albalate, que será confirmado por la Bula del Papa Alejandro III en 1.160.
Albalate quedará ampliado con Almochuel, Arcos y Ariño.

Según los datos hallados (pinturas rupestres, puntas de flecha, restos de vasijas, documentos escritos, etc.) de hecho nuestros antepasados se remontan hasta los años 8.000 a. de Cristo.

Es interesante leer los índices cronológicos que detrás de cada etapa nos da el profesor Pina Piquer en su Historia de Albalate. Ello nos ayuda a tener una visión de conjunto que hace que no nos perdamos en el relato de tantos acontecimientos.






Y aquellos niños de la guerra van creciendo, estudiando y trabajando.


Un día el maestro de música, pianista y director de la orquesta del pueblo, Manuel  Gazulla,  se presentó en nuestra clase, que de acuerdo con nuestro profesor Ricardo Pérez, nos propuso a los alumnos la posibilidad de estudiar solfeo y componer una nueva orquesta en sustitución de nuestros músicos que se iban haciendo mayores. Nos apuntamos unos cuantos compañeros de clase. Comenzamos a estudiar solfeo con el Método de D. Hilarión Eslava: Clave de Sol, Clave de Fa, y las Claves de Do, llegando prácticamente a lo máximo de la teoría musical. El solfeo lo hacíamos cantando, acompañados al piano por el profesor.
Todas las noches, después de cenar, y en salón de baile comenzamos a ejercitarnos con nuestros instrumentos: trompetas, trombones, saxofones, clarinetes, bajos, e instrumentos de percusión. Era una fiesta para nosotros. Al salir de cada sesión, pasadas ya las once de la noche, nos retirábamos a nuestras casas y en ocasiones originábamos algún que otro estruendo con las consiguientes protestas de los vecinos que tenían que madrugar para ir a sus trabajos agrícolas.
Más de una vez alguien arrojó sobre nosotros, por las ventanas y para nuestro escarmiento, aguas menores pues notábamos que el líquido estaba algo templado. Por supuesto no dio el grito medieval de “¡Agua va!”. No había agua corriente ni vertido por las casas. Se usaba como  W. C. la cuadra o el corral. Y por la noche en los dormitorios nos acompañaba “el perico”, vaso de noche u orinal. En pocas palabras, echaron sobre nosotros los orines.
 Nuestra respuesta no se hizo esperar. Desenfundamos nuestros instrumentos musicales, y allí “se armó la marimorena”. Fueron los serenos que con su intervención apaciguaron nuestros ánimos alterados.
Cuando la orquesta debutó públicamente se hizo para todos y gratuitamente. Todo el mundo estaba contento.

El primero que “desertó” de la orquesta fui yo al ingresar en el Seminario de Alcorisa. Mucho más tarde lo harían otros compañeros yendo a trabajar a Barcelona o a Zaragoza: albañiles, carpinteros, empleados de banca, mecánicos y alguno que permaneció en la agricultura fueron nuestros destinos.
El esfuerzo del Maestro Gazulla por rejuvenecer su orquesta se vino abajo.
Desde esta líneas nuestro más sincero reconocimiento por la labor musical que desarrolló en nosotros. ¡Gracias D. Manuel!
Así lo cuento en el “Dios de mi pequeña historia”:

“Entre las cosas que tuve que dejar en el pueblo al ingresar en el seminario fue a mis compañeros de orquesta. D. Manuel Gazulla, profesor de música, estaba preparando a un grupo de compañeros de Albalate para constituir la nueva orquesta del pueblo. El primer fin de semana que yo pasé en el seminario, mis compañeros de música debutaban públicamente ante las gentes de Albalate. El amigo íntimo del alma, Miguel Alcaine Soro, tuvo la delicadeza y el gesto solidario de enviarme sus DIEZ pesetas de jornal que recibió ese día. Miguel, ¡que gran trompetista podrías haber llegado a ser, si hubieras tenido ocasión de que alguien te hubiera promocionado! Tenías potencia y gusto. La vibración que tu cuerpo transmitía, a través de tus manos y de tu boca, al sonido de tu trompeta daba la interpretación en “trémolo" a las piezas que tocabas. "Te removía por dentro". Y eso que tu primera trompeta fue de segunda mano, porque no había para más. Creo que después, y por exigencias de la orquesta te pasaste al trombón de pistones. Me acordaba en el seminario de todos vosotros: el Serón, el "Bochiga", Nicolás, Enrique, Emilio, Salvador, Miguel, etc...”
Y a partir de aquí comienzan tantas historias personales como niñas y niños éramos los que hicimos nuestra primera comunión aquel 13 de Mayo de 1.945, día de la Virgen de Fátima.

Zaragoza a 30 de Marzo de 2007.


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Bibliografía:
HISTORIA DE LA ANTIQUISIMA VILLA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, del Doctor D. Vicente Bardavíu Ponz. Tip. de P. Carra. Plaza del Pilar (Pasaje). Zaragoza. Año 1914.
DE ILUSIONES Y TRAGEDIAS. HISTORIA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, de José Manuel Pina Piquer. Edita Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo. Año 2.001.
LOS ABRIGOS PREHISTÓRICOS DE ALBALATE DEL ARZOBISPO (TERUEL), de A. Beltrán Martínez y J. Royo Lasarte. Edita Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo. Diciembre de 1.997.
SUBPORTICA. Revista digital de los alumnos que empezaron curso en 1951 en el Seminario Menor de Alcorisa. Teruel. “EL DIOS DE MI PEQUEÑA HISTORIA” de L: M: G: Año 2.003.
EL PARQUE CULTURAL DEL RÍO MARTÍN. Colección Rutascai por Aragón. Edición CAI. 2003. Zaragoza.
Otros datos me han sido aportados y precisados por Antonio Palos, Guía Turístico de Albalate y del Parque Cultural del Río Martín, y por José Ignacio Remigio Gómez, Concejal del Ayuntamiento de Albalate.

Mis compañeros de orquesta (1.951).

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