sábado, 13 de febrero de 2016

AL ENCUENTRO CON EL PASADO



AL ENCUENTRO CON EL PASADO.


 Habíamos oído hablar mucho de ella, pero nunca la habíamos visto. Por eso, una noche después de haber escuchado el Canto de los Serenos: “las once…, nublado”…, porque esa noche estaba nublado, nos conjuramos la pandilla de amigos, que si a la mañana siguiente salía buen día, iríamos a su encuentro.

En efecto, a la salida del sol, nos juntamos todos en el viejo puente construido hacía ya 250 años, cruzándolo en dirección hacia el Barranco de la Hoz.
Llevábamos nuestras cantimploras, calados nuestros sombreros, pues el día prometía ser caluroso después de la tormenta nocturna, y empuñando nuestros palos, no como bastones sino como elementos de defensa, caminábamos decididos hacia la entrada del barranco.
Entonces no necesitábamos de cayados, aunque sí precisábamos de defensas. Ahora, después de sesenta años, necesitamos bastones y no tanto de defensas.
Al comienzo eran campos de cultivo: olivos, viñas, almendros y algún que otro campo de cereal. Después el camino se estrechaba y se hacía más pedregoso, con arbustos a los dos lados. Nuestras miradas inquietas miraban a derecha e izquierda, adelante y atrás, viendo que a los dos lados y a cierta altura se abrían innumerables cuevas, de donde entraban y salían cuervos negros y buitres impresionantes, además de gran cantidad de pequeños pajarillos que parecía que jugaban a esconderse de nosotros.
Caminamos temerosos un largo trayecto hasta que al volver un recodo apareció ante nosotros Ella, la que buscábamos, La Caraza.


"La Caraza".

Es como una Esfinge hecha de roca viva. Según nos decían los mayores allí estaba “la cuna” de nuestros antepasados. Habíamos recorrido hasta el inicio del barranco dos kilómetro desde el pueblo, más otros cuatro que tiene de longitud el mismo; total que era ya cerca de la hora de comer. Por lo que volvimos apresuradamente.


En el río, montañas y barrancos están los orígenes de Albalate del Arzobispo.

Y es que el sacerdote del pueblo Bardavíu Ponz lo había recorrido, excavado, estudiado y escrito en su Historia de Albalate del Arzobispo, editada en 1914. Él encontró esqueletos humanos, flechas, vasijas de barro, etc. Tanto él entonces, como el profesor Pina Piquer (2001) en su Historia de Albalate actual, nos trasportan al mundo de nuestros ancestros. Lugares como la Cueva de la Caraza, la Cueva del Subidor, el Olivar de Macipe, en el Barranco de la Hoz con una antigüedad anterior al año 2000 a . de C., nos dan una distancia temporal de más de 4.000 años entre ellos y nosotros.


Cueva de la Caraza, en el Barranco de la Hoz.

Pero según los dos estudiosos, el sacerdote a principio del S. XX y el profesor a principio del S. XXI, nos dicen que “hermanos” de estos habitantes del Barranco de la Hoz son también los que habitaban en el Barranco del Padre Santo, el de Valdoria, los de la Cueva de la Tarranclera, los de la Cueva Negra, y los de Los Estrechos y Los Chaparros.
 De éstos nos quedan hermosas pinturas rupestres muy visitadas hoy en día gracias a la promoción que han hecho los pueblos  que componen el Parque Cultural del Río Martín: Montalbán, Peñarroyas, Torre de las Arcas, Obón, Alcaine, Oliete, Alacón, Ariño y Albalate. En todos ellos hay importantes vestigios de nuestros antepasados.
En el Regular de la Pinarosa, en el Cabezo de Cantalobos, en el Cabezo del Palomar, y en la Val de Urrea, así como en el Cerro del Castillo, en Virgen de Arcos, Zuera y Radiguero, quedan todavía reminiscencias de los primeros habitantes de Albalate.
“El campo para nuestras conquistas quedaba ya trazado”.


Nuestros veranos eran pura aventura. Con la fresca de la mañana estudiábamos un poco, pero después todo el día era nuestro. Batallas, excursiones, apuestas nocturnas y mil aventuras y travesuras que para los mayores rayaban casi la “delincuencia”. Y es que las secuelas de la guerra continuaban también en nosotros. “Éramos niños de la guerra”. Habíamos nacido en ella.
Así lo cuento en el “Dios de mi pequeña historia”:
“El ambiente era el de la post guerra. Los maquis se extendían por el Maestrazgo y los montes de Beceite. En el pueblo había instalado un destacamento del ejército en el garaje "Durbán".
Los chicos organizábamos peleas con espadas de madera y grandes escudos de chapa o de cartón. Todos los riachuelos, barrancos, cuevas y montículos nos los pateábamos una y mil veces.
Un domingo, al salir de misa y en la cuesta de las "Losas", se organizó una pelea pegándonos de verdad unos cuantos chicos, rodando cuesta abajo, unos encima ahora y otros debajo después. Nuestros juegos eran de espías y ladrones; no respetábamos la tranquilidad de los vecinos. Nuestras familias debían estar hartas de nuestra desbandada.
Por lo que de acuerdo quizás, con la Guardia Civil, ésta organizó "una batida" cogiéndonos a todos y encerrándonos en el cuartel. El trato fue serio, pero correcto para nuestra edad. Se intentaba nuestro escarmiento de una vez por todas. A las dos o tres horas de estar encerrados, los más pequeños, en este caso mi primo Emilio que no vivía en el pueblo y que estaba de vacaciones, y a quien mis tíos habían dejado al cuidado mío, o los más débiles, echaron a llorar; se abrieron las puertas dejándonos salir; en la calle estaban esperando nuestros familiares.
La lección estaba aprendida. Eran los tiempos del Guerrero del Antifaz, del Hombre Enmascarado, del Hombre de Piedra y de Roberto Alcázar y Pedrín especialmente, a los que teníamos como lectura habitual en nuestra cabecera y en los ratos de descanso y de ocio”.

Cascada  en el río Martín. Albalate del Arzobispo.

Era un gran placer ir a pescar al río. Las aguas eran limpias y cristalinas. Se criaban barbos, anguilas y madrillas (nosotros decíamos magrillas) en los pozos que se formaban a lo largo del cauce. Nos lo conocíamos palmo a palmo, metro a metro, con todas sus ventajas e inconvenientes.
Hace algunos años el periodista y locutor de Radio Zaragoza, José Juan Chicón, me recordaba lo bien que se lo pasaba cuando en sus vacaciones venía a Albalate y se incorporaba a nuestra cuadrilla de pescadores.
Con los restos de un somier de malla metálica y de finos rizos a modo de red cogido por sus extremos por dos de nosotros, lo introducíamos en el agua y esperábamos a que los peces que huían de los que más adelante espantaban con ruido, y palos agitando las aguas, venían a caer en nuestra trampa. En la orilla del río quedaba el que los iba ensartando de uno en uno en juncos de una forma parecida a como se hace con las ristras de ajos para llevarlos al mercado. En ocasiones sólo cogíamos dos o tres, por lo que decidíamos, para no perder tiempo saliendo a la orilla, ponernos en nuestras bocas un pez cada uno hasta la próxima redada. A mi aquello no me gustaba nada. Sujetar en la boca un pez vivo que no hacía más que dar coletazos, me impresionaba y me daba ascos. Un día por lo visto aflojé un poco los músculos de mis mandíbulas y ello hizo que el pez con sus fuertes coletazos se introdujera hasta mi garganta. Con un fuerte grito expulsé el pez que cayó al agua y se perdió entre las piedras. “Yo me liberé de él, y él se liberó de mí”.
Los barbos y madrillas asados a la parrilla y en las brasas eran deliciosos para nuestras meriendas. Al comerlos tostaditos crujían como un bocado exquisito. Las vecinas nos compraban la mercancía en ocasiones con lo que nos sacábamos unas perrillas para tebeos y para ir al Cine Dorado los domingos. Las anguilas eran otra cosa. La suavidad de su carne era tan fina que nuestros paladares de niños no lo aceptaban. Nos daban náuseas. Para los adultos era un “boccato di Cardinale”.
Ese bendito río Martín que en tiempos anteriores se había desmadrado tantas veces, avisándonos de los riesgos que corríamos si construíamos viviendas cerca de él, nos atraía como un fuerte imán.
Según nuestros historiadores parece ser que el primer Azud fijo que se construyó en el río fue hacia el año 1.529 sobre un anterior más rudimentario y por el cual Híjar y Albalate se pelearon en 1522, teniendo que intervenir el mismísimo Emperador Carlos V para aplacar los ánimos. Una riada anterior al año 1547 derribó un molino harinero que Hernando de Aragón volvió a reconstruir en ese año; Y en 1.649 otra gran riada se llevó por delante el Azud construido en 1.529. Al siguiente año, 1.650, el río vuelve a imponer sus leyes. Y así en 1.742, 1.801, 1.925, y la última en 1942. Todavía conservo su imagen, mi madre me apretaba fuertemente la mano y por la barandilla del surtidor de gasolina en el inicio del puente, pude contemplar la grandiosidad de la riada. El alguacil obligaba a retirarse de inmediato a las gentes, pues se temía que el puente pudiera ceder, como ocurrió con el puente de reciente construcción de Urrea de Gaén. La fuerza del agua se lo llevó por delante. Creo que hace algunos años, recientemente, ha habido otra gran riada. Personalmente no pude contemplar por vivir fuera de la Villa de Albalate. Unas ocho grandes riadas que se pueden contabilizar.
La apuesta consistía en ir por la noche, de uno en uno, hasta la puerta del cementerio y en ella dejar la señal acordada con tiza para demostrar que se había conseguido el objetivo. No era cualquier cosa pues había que atravesar el río por el puente, subir la cuesta y pasar entre los cabezos Cantalobos y Palomar, perder la visión de las luces del pueblo, pasar por la iglesia de San José, cuya puerta mirábamos de reojo, y en cuya espléndida cúpula decorada en estuco esta la figura del mismísimo diablo. Es “todo un mundo decorativo presidido por una especie de horror al vacío”, como lo describe Pina Piquer. Al lado de esta iglesia está el cementerio con todo lo que nos impresionaba por los innumerables relatos que se escuchaban a los mayores.
Otras veces quedábamos los amigos en sacar de las cuadras a nuestras caballerías para llevarlas a abrevar. El abrevadero estaba en la orilla del río, debajo del lavadero, al que había que pasar por la primera arcada del puente, o bien por el otro lado junto al matadero. Nosotros lo hacíamos por debajo de lo que hoy es “Casa Agustín”, restaurante típico del pueblo. Bebían los animales todo lo que querían e inmediatamente montados sobre ellos, “a pelo”, organizábamos unas carreras hasta la “plaza del puente” para ver quien llegaba el primero. A veces la Guardia Civil nos veía desde el cuartel y nos amonestaba muy seriamente. Lo mismo hacía cuando nos cogía haciendo camión stop desde el puente hasta las escuelas al otro lado del pueblo. Porque no le pedíamos permiso al camionero sino que nos escondíamos detrás y sobre  la rueda de repuesto. Para bajar del camión no había problema pues la cuesta de la escuela era lo suficientemente empinada como para tener que disminuir considerablemente la velocidad los camiones cargados de carbón de las minas de Ariño.
En esa cuesta, la de las escuelas, cuando los camiones venían de Valencia cargados de naranjas, nosotros los asaltábamos, abríamos la lona que cubría la caja del camión y empezábamos a arrojar naranjas a los compañeros. El chofer era lógico que nos viese a través del retrovisor, pero detener el camión a mitad de la cuesta y volverlo a arrancar era costoso y arriesgado. El camión podía recular y el remedio era peor que la enfermedad. También es posible que nos viera y se apiadara de nosotros. “Nos regalaba sus naranjas, para él abundantes, para nosotros escasas”. La falta de alimentos tras la guerra la padecían todos, pero especialmente la padecíamos nosotros “hijos de la guerra”, niños nacidos durante la guerra.

Zaragoza, Marzo de 2007.

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Bibliografía:
HISTORIA DE LA ANTIQUISIMA VILLA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, del Doctor D. Vicente Bardavíu Ponz. Tip. de P. Carra. Plaza del Pilar (Pasaje). Zaragoza. Año 1914.
DE ILUSIONES Y TRAGEDIAS. HISTORIA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO, de José Manuel Pina Piquer. Edita Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo. Año 2.001.
SUBPORTICA. Revista digital de los alumnos que empezaron curso en 1951 en el Seminario Menor de Alcorisa. Teruel. “EL DIOS DE MI PEQUEÑA HISTORIA” de L: M: G: Año 2003.
EL PARQUE CULTURAL DEL RÍO MARTÍN. Colección Rutascai por Aragón. Edición CAI. 2003. Zaragoza.
Web: Etnógrafo.com. Etnografía de la memoria. Niños de la guerra (II), de L:M:G:.

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