domingo, 13 de mayo de 2018

V.- AL ATARDECER ME EXAMINARÁN DE AMOR


V.- AL ATARDECER ME EXAMINARÁN DE AMOR

5.1. La enfermedad sale al encuentro
Durante 1987, quienes estaban a su alrededor notaron que su salud no iba bien, pero este tema era enormemente difícil tratarlo con él. Solo en abril de 1988 accedió ¡y con condiciones! a ser examinado en el “Miguel Servet”. La primera información del Dr. Velilla Marco fue muy dura: ¡Estado terminal! Afortunadamente, se logró salvar aquel primer episodio pero quedó claro que, en el mejor de los casos, le quedaban diez años de vida.
Retomó las actividades pastorales: dirigiendo grupos (JOC, confirmación…) y asistiendo a reuniones en la parroquia o en la Asociación de Vecinos. Tras la muerte de su padre, se trasladó con su madre a la residencia del Seminario de San Carlos. No tardó mucho en fallecer también ella. A pesar de todo, durante ese tiempo, aun tuvo ánimos para viajar a Turquía (1990) y Marruecos (1993).
Visitas médicas y viajes a Madrid fueron fortaleciendo la expectativa de un transplante de hígado. Pero no pudo ser: en 1995 fue ingresado de nuevo a finales de julio. Falleció el martes 1 de agosto. “Se me lleva una triste neumonía”. Los jóvenes de la parroquia de San Agustín, organizados por turnos, no le dejaron ni un solo instante apoyando a su familia en esta tarea.
Los ocho años de enfermedad quedan resumidos en tan pocas palabras porque es seguro que Teodoro no querría que se escribiese ni una sola línea sobre su enfermedad y su muerte. “Eso no tiene ningún interés para la evangelización”. El sabía que sus facultades físicas irían progresivamente a menos. Pero fue cura hasta la muerte.
Él creía en su futuro y le daba mucho a la cabeza sobre cómo reubicar su actividad pastoral cuando su movilidad estuviese muy reducida. A lo largo de su vida había hecho muchos estudios sociológicos para facilitar el enfoque de problemas muy diversos e imaginaba que en esa tarea podía continuar: trabajando con la cabeza. Pensaba que se podía hacer más racional y eficiente la obsoleta maquinaria diocesana. “A los buenos deseos le llaman plan, pero la buena voluntad sin organización no vale”. Una especie de “Secretaría Técnica de Pastoral” podía detectar y cuantificar las necesidades de la diócesis, dar pistas para que los responsables diocesanos encontrasen la solución y evaluar con rigor técnico los resultados. La distribución de personal, la atención a la juventud o el establecer prioridades en la acción no son temas fáciles.

5.2. Impacto de su muerte
En la mañana del día 3 de agosto, se celebró el funeral en la parroquia de San Agustín. La iglesia resultó pequeña para contener a todos los asistentes. Concelebraron con el arzobispo numerosos sacerdotes. En la homilía, D. Elías Yanes resaltó que Teodoro era “un gran educador en el sentido más amplio de la palabra”. Fue sepultado en Alcañiz, junto a sus padres. Seguramente, una de las cosas que más le gustó de su funeral es que había bastantes personas no creyentes.
Heraldo de Aragón” publicaba el día 5 un meditado escrito de sus amigos titulado “Acción de Gracias” que por su exactitud y ponderación merece ser releído y meditado. El Boletín del Arzobispado y la hoja semanal “Iglesia en Zaragoza” (3 de septiembre) publicaron semblanzas de su persona. En puntos anteriores ya nos hemos referido a las jornadas que organizó en su recuerdo la Asociación de Vecinos de San José y la dedicación de un centro cívico con su nombre. Es frecuente que se le cite cuando se habla de los años de la transición, pero él trabajó siempre por el Reino.


EPÍLOGO
Claro que hay muchos temas que se han tocado en las anteriores líneas: las comunidades de base, los viajes papales, los congresos de distinto tipo, el funcionamiento de los diversos patronatos diocesanos, de Caritas, de las escuelas universitarias de Trabajo Social y de Formación del Profesorado y otros muchos temas que por razones de espacio no es posible tratar.
A partir de 1940, es fácil encontrar más de ochenta sacerdotes que han publicado algún libro; podemos confiar que algunos de ellos harán posible que conozcamos mejor la historia de nuestra iglesia. Pero lo que realmente Teodoro Sánchez nos pediría a todos es que seamos puntas de lanza en la evangelización sin ceder ante la rutina ni ante el cansancio.

IV.-OPCIÓN POR LA JUVENTUD




3.- OPCIÓN POR LA JUVENTUD

3.1. Profesor de religión del Mixto nº 1
En el curso 1973-74, Teodoro comenzó a dar clases como profesor adjunto en el Instituto de Enseñanza Media Mixto nº 1. Este centro tenía ciertas características peculiares. Era el primer Instituto mixto en la ciudad y en él se impartía también la modalidad de nocturno al que acudían gran número de adultos que necesitaban el título (empleados de banca, funcionarios, militares, policías, etc). El claustro estaba compuesto por más de 80 profesores, la mayoría interinos (PNN). Entre el profesorado y también entre los alumnos se notaba, tal vez más que en los otros centros no universitarios, la presencia de militantes políticos de diversos partidos.[1]
Entrar en la enseñanza estatal suponía además encontrarse con otros problemas que no eran simplemente dar clase a unos alumnos. El estatus académico y retributivo del profesor de religión y la identidad de la asignatura en estos centros se empezaban a plantear. Tampoco se podía obviar la dificultad de encontrar material adecuado para la clase.
En aquellos años, la información sobre cualquier suceso relacionado con la política tendía a estar manipulada. La única manera de conocer los hechos era estar allí. Además de la posible motivación ética que pudiese haber para participar, por ejemplo, en una manifestación de protesta, era interesante comprobar cuántos, cómo y quiénes iban (quiénes, estaban y quiénes no). Podría decirse que Teodoro estuvo “en todas” sin miedo a tener que correr o a los botes de humo.
También fuera de las aulas su relación con los alumnos era cercana y continuada. Con ellos y algunos profesores tomaba el café durante el recreo de la mañana en el bar Millán. Se hablaba en serio o en broma sobre los sucesos del Instituto, sobre política o sobre el boxeador Perico Fernández. Por navidad o a final de curso muchos grupos organizaban cenas invitando a los profesores que consideraban amigos o a los que debían convencer para que los aprobasen. Eran los comienzos de la moda del “porro”. En las huelgas, las manifestaciones, las sentadas o los cortes de tráfico llevados a cabo por el alumnado, el profesor de religión estaba cerca. El anecdotario sería interminable.
En una ocasión, uno de sus alumnos había sido detenido por repartir propaganda comunista. Visitó a la familia del chico que estaba muy preocupada por no poderlo ver. Después de la visita, otro compañero, también profesor de religión, telefoneó a monseñor Cantero explicándole el caso. Sin ninguna dilación, el arzobispo se interesó por el detenido ante las autoridades y comunicó el procedimiento que la policía iba a seguir. Si un Consejero del Reino se había interesado por el chico, éste ya no era un detenido cualquiera: era intocable.
A primeros de septiembre de 1974, Heraldo de Aragón titulaba: “Los PNN y los profesores de religión se niegan a realizar los exámenes de septiembre”. Se trataba de un problema laboral de algunos interinos. Los de religión se solidarizaron por lo que suponía de compromiso con la justicia, conscientes de que su gesto no sería correspondido en una circunstancia similar que les afectase a ellos. El Ministerio de Educación les impuso una sanción económica “por comportamiento inadecuado”.
El Delegado Provincial de Educación se decidió a actuar y, en visita al Arzobispo, acusó a dos profesores de religión del Mixto nº 1, Teodoro Sánchez y Ángel Calvo, de no hablar en clase “más que de política y de sexualidad”[2] dando a entender, de paso, que eran los protagonistas de la politización del instituto. Cuando los acusados se enteraron de este hecho, hablaron con monseñor Cantero que les aseguró varias veces que no pensaba hacer ningún caso a estas denuncias. Algunos compañeros del Claustro pidieron explicaciones al Director sobre “de quién había partido la denuncia” a





III.-AÑOS DE ILUSIÓN Y DE TRABAJO

III.- AÑOS DE ILUSIÓN Y DE TRABAJO

3.1. Tiempo de conflictos
En septiembre de 1969 se trasladó a Zaragoza. Había sido nombrado Director de la Oficina de Estadística y Administrador de la publicación diocesana “Mi Parroquia”, cargos que desempeñó hasta 1972. Se suponía que estas eran tareas a las que dedicar la mañana y, por ello, se le dio también nombramiento como coadjutor en la parroquia de San Agustín.
A partir de estas fechas, resulta complicado organizar una narración que describa la actividad de Teodoro porque se encuentra relacionado con campos pastorales muy variados: asuntos diocesanos, barrio de San José, instituto de enseñanza media, CRETA, parroquia, pastoral juvenil… Además, es imprescindible describir, siquiera someramente, las circunstancias para poder situar su actuación en cada caso. Los diez años siguientes iban a ser especialmente movidos tanto en la iglesia diocesana como en lo referente a los aspectos políticos de la sociedad civil. En lo estrictamente de iglesia, los posibles cambios derivados del Concilio Vaticano II originaban una ilusión que se explicitó también en diversas situaciones de crisis: la Asamblea Conjunta, la adecuación de los seminarios, posturas contestatarias en el clero, las multas gubernativas por homilías, las comunidades de base, los curas obreros[9], etc. En lo político, dos meses de estado de excepción, detenciones, huelgas, encierros-protesta, manifestaciones, reuniones clandestinas, asambleas para buscar la convergencia de los diversos partidos, etc. Teodoro se implicó en todo.

3.2. Crisis en el seminario
Desde finales de los años 50 los seminaristas se cuestionaban la funcionalidad de la formula “Seminario” para preparar a los futuros sacerdotes. Pensaban que se deberían adoptar otros cauces para formar con más eficacia en los planos pastoral, académico, espiritual y humano. A finales de los 60, el tema tuvo una expresión más externa y notoria. Paradójicamente, mientras el Seminario de Zaragoza atravesaba una aguda crisis, en la ciudad había más seminarios que nunca porque existía también el Seminario de San Carlos para vocaciones tardías (1965-1974) y, además, el sacerdote José Solans Allué, disconforme con el funcionamiento de los dos existentes, organizó un seminario en la zaragozana calle Mariano Escar.
Los hechos que más transcendieron comienzan en 1967 cuando algunos seminaristas teólogos manifiestan su disgusto con algunos profesores. En 1968, la protesta es contra el régimen interno del centro. Un grupo de sacerdotes escribe al prelado pidiéndole información y ofreciendo su ayuda. Como era norma constante en él, monseñor Cantero contesta individualmente a cada uno (nunca a grupos). Con la debida autorización, hay seminaristas que residen en un piso de la calle Oviedo, bajo la dirección de un sacerdote. Los cursos siguientes tampoco se viven con serenidad. Las cartas, las comisiones y los pequeños incidentes continúan.[10]
A mediados de 1973, el Arzobispo pide la opinión de los seminaristas de último curso y ellos, para contestarle con más fundamento real, le encargan a Teodoro Sánchez -su profesor de sociología religiosa- una encuesta para que la responda la totalidad de los 44 seminaristas. Serán finalmente 139 preguntas que responden todos a la vez. De las contestaciones se deduce que en el funcionamiento del seminario hay ciertas “anomalías”, pero los resultados que menos le gustan al arzobispo son los referentes a la vida espiritual. Solo el 37 % participa diariamente en la Eucaristía; el 31 % no se confiesa; el 25 %  no lo hacen ni siquiera una vez cada seis meses; el 11 % cada tres meses; el 70% hace menos de media hora de oración diaria… Sin quitar importancia a los datos, hay que tener en cuenta que poner en porcentajes los resultados de 44 seminaristas impresiona más que dar la cifra de personas (el 2,2 % es una persona). Además, 8 de los encuestados habían decidido dejar el seminario antes de cumplimentar la encuesta (18 %).[11]
[10] Plácido Fernández García. El Seminario de Zaragoza Siglo XX. 2001

[11] Boletín Eclesiástico Oficial del Arzobispado de Zaragoza, octubre de 1973
[12] Formación doctrinal del clero, Ideologías vigentes, Aspectos funcionales de la vida del clero, Aspectos sico-sociales de la vida sacerdotal, Relaciones sociales del sacerdote, El sacerdote y la acción pastoral de la Iglesia, Vida espiritual del sacerdote, Otras cuestiones (aficiones, habilidades, ingresos económicos, los religiosos, vocaciones, etc)

Monseñor Cantero se explaya sobre el tema: ha habido dos experiencias de grupos formados por seminaristas teólogos que han vivido en pisos fuera del Seminario en los últimos años de estudios eclesiásticos bajo la tutela de un sacerdote. En uno de los grupos los tres seminaristas  llegaron a ordenarse de Diáconos y al cabo de cuatro años ninguno mantiene el menor contacto con la diócesis. En el otro grupo, llegaron a ordenarse de sacerdotes los tres prometiendo obediencia a su obispo: cuando se les nombró curas de pueblo se negaron a ir. Se dialogó con ellos, se les retiraron las licencias y están trabajando como obreros. Visto lo cual toma la decisión de que a partir del curso que comience todos deberán solicitar por escrito el ingreso y firmar el compromiso de aceptar las normas de residencia, de piedad y académicas.
Hacia 1977, se vuelve a la calma pero -en opinión de muchos- el problema sigue sin solucionarse y se patentiza en la deficiente preparación en conocimientos, habilidades y destrezas para el ejercicio de la pastoral en esta diócesis.

3.3. Encuesta al clero y Asamblea Conjunta
En 1968, a finales de octubre, 307 sacerdotes diocesanos realizaron una encuesta consulta de 248 preguntas sobre las cuestiones más importantes de la vida del clero[12]. En noviembre de 1969 se dio un informe sobre resultados a escala nacional. En 1970, la Delegación Diocesana de Estadística, que entonces dirige Teodoro, da a conocer con el epígrafe de “confidencial” el estudio de las respuestas. Fueron las referentes a las ideologías las que acarrearon las consecuencias prácticas más inmediatas. El Gobierno pudo comprobar que no tenía el apoyo del clero y, menos, del clero joven. Hablar de “curas rojos” se convirtió en algo habitual en los medios oficiales. Entraron en escena las multas gubernativas y la cárcel concordataria de Zamora.
Los resultados de la encuesta revelan un clero poco identificado con la postura de la Iglesia española en relación con lo social y lo político, descontento con la imagen del sacerdote tradicional y bastante desconectado de la jerarquía e inclinado hacia opciones políticas progresistas, hasta entonces impensables. Se perciben dos teologías distintas, dos visiones del mundo, de la Iglesia y del sacerdocio, dos maneras de entender la autoridad y dos estilos filosóficos de pensar. Se quiere una “Iglesia comunidad” más que estructura jerarquizada.
La Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes se preparó desde las bases de cada diócesis. Los sacerdotes, distribuidos en grupos con un responsable al frente, tuvieron muchas reuniones de trabajo hasta llegar a la Asamblea diocesana. Fue un ejercicio de libre expresión colectiva no exento de tensiones. En febrero de 1971, el Secretariado Nacional del Clero subraya la falta de claridad de Roma y de la Nunciatura con respecto a la Asamblea, además de constatar la existencia de grupos de abierta oposición, postura que también han adoptado algunos obispos. Teodoro Sánchez estuvo muy implicado en la preparación: fue responsable del grupo de Las Fuentes, relator de la ponencia de economía y miembro del Consejo de Presidencia de la Asamblea diocesana que se celebró del 22 al 26 de junio.[13]
El 12 de julio de 1971, los escrutadores dan a conocer los resultados de la votación definitiva de las conclusiones propuestas. Es curioso constatar que el 87, 6 % del clero afirma que está dividido y un 44 % señala como causantes a la sección  sacerdotal del Opus Dei y a otros grupos.[14] Preguntada la Asamblea si desea que el Sr. Arzobispo renuncie a sus cargos políticos, contestan que sí 94, que no renuncie 126 y en blanco 28. En septiembre se celebró en Madrid la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes en su nivel nacional para la cual se eligieron los representantes de esta diócesis.
[13] Boletín Eclesiástico Oficial del Arzobispado de Zaragoza, septiembre y octubre 1971
[14] Grupos formales e informales servían como origen de posturas ante los diversos problemas (Berit, Cabildo, Centro Pignatelli, curas obreros, hoja “Eucaristía”, JARC, Opus Dei, Santa Engracia y otros)
3.4. Curas contestatarios
Los diversos casos de contestación dentro del clero tuvieron un enorme eco en los medios de comunicación. El primero con estas características estuvo localizado en Mequinenza. La construcción de un embalse afectó al núcleo de población. Por referéndum popular se aprobó un acuerdo con ENHER por el cual esta empresa se compromete a dar a los vecinos, tanto a los afectados por las aguas como a los no afectados, 50.000 ptas por cada familiar residente en el pueblo en la fecha del convenio (1971) y además el justiprecio de los inmuebles en las condiciones que marcaba la ley. Tras su desalojo, las casas afectadas por el embalse fueron destruidas, excepto la casa del cura porque el arzobispado había pedido su conservación hasta que estuviese construida la vivienda parroquial y el nuevo templo. Cuando esto sucedió, la empresa urge, en diciembre de 1972, el desalojo acordado.
Para apoyar a las 38 familias que quedaban en el pueblo viejo, cuya permanencia allí no parecía muy viable, el Arzobispado firmó el 9 de enero de 1973 un acta. El Cura párroco participó en la elaboración del borrador. En este documento se exige a ENHER como condición “sine qua non” para el abandono de la casa parroquial que mantenga durante todo el año 1973 las condiciones del convenio de 1971 para las 38 familias antes citadas (cuatro de ellas eran forasteros que habían llegado al pueblo tiempo después). La casa deberá evacuarse antes del día 25 de enero. Hay también otra cláusula referente a los pobres de solemnidad.[15]
En fechas previas, el arzobispado conoce oficiosamente la negativa del párroco a abandonar la casa. A él se han unido tres sacerdotes de parroquias vecinas. En carta fechada el día 23, los cuatro comunican su negativa a abandonar la casa parroquial hasta que “no se solucione el problema de todos los vecinos”. No es preciso decir que, por ejemplo, llegar a una sentencia definitiva en un justiprecio podría durar mucho tiempo e incluso cabría amenazar a la empresa con esto.
El 10 de febrero se trata el tema en el Consejo Presbiteral y el 11 se desplazan a Mequinenza cinco de sus miembros para conocer en directo el problema. Se invita a los sacerdotes a que los expongan ellos ante todo el Consejo Presbiteral. El 14 de febrero acuden los curas de Mequinenza, Fabara, Nonaspe y Maella.  Wilberto Delso Díez, cura de Fabara, hace de portavoz del grupo. En esa misma sesión se conoce que la Comisaría de Aguas ha notificado la ocupación administrativa de la casa rectoral que en 15 días será efectiva. El 25 de febrero, el pleno de la Corporación Municipal de Mequinenza y la Junta Rectora de la Cooperativa de Viviendas “Santa Agatoclia” se personan en la residencia arzobispal para pedir el traslado del sacerdote “por estimar que ya ha causado demasiado perjuicio al pueblo”. La contestación fue “Tengan confianza en el Arzobispo”. Posteriormente hubo otros contactos. La casa fue derruida.
El Arzobispo escribe el 8 de septiembre una carta al cura de Mequinenza para que acuda a visitarle el día 11 ó el 12. Comienza una carrera contrarreloj. El día 13, el prelado recibe un telegrama “ante imposibilidad de ir envío carta”. Recibida la carta al día siguiente se ponen tres avisos de conferencia al cura y ninguno es contestado. El día 15, el Vicario General para Pueblos lleva en mano una carta del Arzobispo comunicando que irá él personalmente a bendecir el templo nuevo y decir la misa. Verbalmente se le invita a pensar qué puesto pastoral desearía ocupar en el futuro porque se ha nombrado otro cura para la localidad. El 16 de septiembre, en las fiestas patronales de Santa Agatoclia, el Arzobispo bendice el templo -lleno de gente- y celebra la misa. Luego se ausentó sin asistir con las autoridades a ninguno de los demás actos del día.
En las hemerotecas se puede comprobar el poco interés de la prensa por el problema de las 38 familias en mala situación económica y la mucha atención que dedican a la peripecia de los curas. “Los pobres no venden, la religión sí”

3.5. El caso Fabara
Durante mucho tiempo, la población de Fabara ha sido más conocida por lo sucedido con su cura que por el mausoleo romano del s. II.
[15] En la “Nota del Arzobispado de Zaragoza sobre el problema de Mequinenza” publicada en el Boletín Eclesiástico Oficial del Arzobispado de Zaragoza correspondiente al mes de marzo de 1973 se pueden encontrar más detalles.
[16] En Hispania Sacra nº 58 (2006) Martín de Santa Olalla se ocupa con detalle de estos sucesos. “El clero contestatario de finales del franquismo. El caso Fabara”. También Javier Ortega en “Así en la tierra como en el cielo. La Iglesia católica en Aragón. Siglo XX”. (2006)
Sucedió que estaba prevista una Visita Pastoral para el día 27 de mayo de 1974.[16] Quienes conocían la situación sabían que ocurriría algo muy sonado. Las características psicológicas de los protagonistas lo hacían casi inevitable. También había otros datos: pocos días antes había tenido lugar en este pueblo un cursillo de Acción Católica y quienes fueron a impartirlo notaron la enorme división que había en torno a la actuación del párroco. En la visita, acompañaban al Arzobispo Cantero el Vicario General para pueblos y el arcipreste de Caspe. Algunos de los feligreses presentaron graves acusaciones contra el cura y ante ellas él guardó silencio. Más tarde, el 14 de junio, el Arzobispo le comunica su cese como regente de la parroquia y nombra como encargado provisional de la misma al coadjutor.[17] Las causas esgrimidas eran sus ideas, sus actitudes y su léxico.[18] Algunos días más tarde, la Asamblea Parroquial de Fabara pide que se concreten los motivos del cese. El sacerdote pide “un juicio eclesiástico público, donde la acusación sea pública y la defensa también”. El día de San Pedro, concelebran allí un grupo de unos 29 sacerdotes y varios de ellos participan en la homilía. Terminada la misa, tratan el tema en una reunión. Hay una notable presencia de Guardia Civil.
El problema toma otras dimensiones a partir del 5 de julio, cuando el grupo de sacerdotes se solidariza con el cesado y amenaza con dimitir de sus cargos pastorales si en el plazo de 15 días no se le repone en su anterior cargo. Tres representantes del grupo se entrevistan en Madrid con el nuncio Dadaglio durante los días 12 y 13. El 16, en carta al arzobispo le avisan de que pueden recurrir a Roma. El Consejo Presbiteral, en votación secreta, apoya al prelado. Lo mismo sucede con el Ayuntamiento y la Acción Católica de Fabara. La tensión es alta y las gestiones incesantes.  Teodoro Sánchez y otras personas regresaban una noche de visitar al cura de Fabara; la Guardia Civil los paró y hubieron de colocarse ante los focos del coche para ser identificados debidamente.
El 21 de julio, el arzobispo Cantero escribe al Nuncio y le explica la campaña que llevan a cabo estos sacerdotes, expone las injerencias del obispo de Huesca, alude a “un sacerdote secularizado” que es el ideólogo[19] y concluye “non possumus”. En carta del día 28, “el grupo solidario” acusa a Cantero de no haber escuchado al sacerdote y de haberlo difamado sin conocer las motivaciones que había detrás de las denuncias presentadas contra él. En agosto, una nota del arzobispado niega que haya habido amenaza de excomunión y el día 7 de este mes se acepta la dimisión de 25 curas con el consiguiente problema de su sustitución. Corre por la diócesis un voluminoso informe y un cómic de 13 folios titulado “Simplemente Peter” donde se ridiculiza al arzobispo, al Cabildo y a otros sacerdotes.
En septiembre, se intenta una solución: un puesto como coadjutor de Alcañiz para el cesado (antes se le había propuesto ser coadjutor en Ntra. Sra. de Begoña, en la ciudad de Zaragoza). No acepta esta salida. Pasa el tiempo y, desde Roma, la Congregación del Clero, ante quien el regente de Fabara había presentado sus reclamaciones, pide información al arzobispo que la envía extensamente el 21 de enero de 1975, cuando ya ocho de los curas dimisionarios habían vuelto a sus parroquias.[20]
Un grupo de sacerdotes -cercano al centenar- presentó un escrito en el que defendían la línea pastoral de compromiso y evangelización pero manifestaban su disconformidad con las dimisiones. El cura cesado permaneció algún tiempo en el pueblo trabajando manualmente y, en una etapa posterior, acudía desde Zaragoza a celebrar la misa con su comunidad.

[17] Leoncio Pablo Figueras era natural de Fabara y de tendencia muy distinta al sacerdote cesado.

[18] Desviaciones doctrinales en catequesis y predicación, moral sexual errónea, desprecio y difamación de cualquier autoridad en la Iglesia, desvalorización del domingo, defensor de la lucha violenta de clases y léxico grosero e indecente incluso en las homilías.

[1]9 Aunque Félix Cardiel Mateo tenía un papel muy activo en las reuniones del grupo de sacerdotes, parece que Cantero se refiere a José Bada Panillo, natural de Fabara y con familia en esta localidad.
[20] Las gestiones se atribuyen al despacho de Joaquín Ruiz Jiménez, aunque también estuvo relacionado con el tema el abogado madrileño Manuel Villar Arregui.


3.6. Multas gubernativas
Algunos sacerdotes que se habían significado en alguna ocasión como no muy partidarios del régimen político en vigor eran vigilados estrechamente y se aprovechaba cualquier cosa para imponerles una multa gubernativa con base en la Ley de Orden Público. La ocasión más usada eran las homilías. Solo en el periodo de 1972 a 1975, las multas gubernativas por homilías ascendieron en España a la enorme cantidad de 11.095.000 ptas de entonces. Al cura de Valderrobres se le sanciona con 150.000 pts por pedir en la misa dinero para pagar la anterior sanción. Monseñor Cantero pidió que se retirase la sanción porque aquello era suplicar ayuda económica “para fines de caridad fraterna”. Negó también el permiso para procesar civilmente a este sacerdote. El párroco de Alfamén, después de haber sido sancionado, comentó en la misa “no sabía que Franco valoraba tanto mis homilías” y por ello se le sanciona otra vez con mayor cantidad económica. Porfirio Pascual y el diácono Ricardo Hernández Castillo fueron también sancionados. Por cierto, que este último recibió del prelado cierta cantidad de dinero para pagar la sanción. En 1973, el Ministerio de Información y Turismo intentó cerrar la hoja semanal “Eucaristía”, el Arzobispado se opuso y el cierre no se llevó a cabo.[21]Resulta extraño que Teodoro, a pesar de sus “poco recomendables amistades políticas” nunca fuese sancionado.

3.7. Sacerdotes en la guerrilla
En 1967, a bordo del “Valencia”, marcharon a distintos países de la América Latina tres sacerdotes aragoneses: José Antonio Jiménez Comín, Domingo Laín Sanz y Manuel Pérez Martínez. Tras diversos episodios fueron expulsados a España desde Colombia. A este país regresaron en 1969 como integrantes de distintas unidades en  la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional. Imitaban así al también sacerdote Camilo Torres Restrepo. Muy pronto, en 1970, José Antonio Jiménez perdió la vida. Agotamiento, picadura de serpiente o tiro en la nuca de algún jefe guerrillero son algunas de las causas que se barajan. Es realmente el menos citado de los tres. A Laín se le dio varias veces por muerto hasta que finalmente lo fue en 1974. [22]Como homenaje, el ELN le tiene dedicado un frente con su nombre. El “cura Pérez” llegó a comandante supremo de los “elenos” y falleció por enfermedad en 1998. Aunque se encontraban físicamente lejos, estuvieron siempre muy presentes en el recuerdo y las conversaciones de sus compañeros; podría decirse que su existencia formaba parte del “ambiente” del clero zaragozano de entonces.

[21] Esta hoja de ayuda a la celebración y predicación nació en 1966. Constaba como editor el sacerdote José Ramón Bada Panillo. Siguió así después de su secularización e incluso algún tiempo después de ser nombrado Consejero de Cultura y Educación del gobierno socialista aragonés (6 junio 1983). Problemas internos en el grupo que la hacía posible hicieron que, en 1974, naciese “Dabar”, una publicación muy similar.

[22] Revista Vida Nueva nº 927 (06.04.1974); Sancho Vallestín, Santiago “Domingo Laín”. Zaragoza, 2007
[23] Boletín Oficial Eclesiástico, diciembre 1971. Desde 1967 procurador en Cortés por designación directa del Jefe del Estado y desde 1979 Consejero del Reino y miembro del Consejo de Regencia. Después de morir Franco, durante dos días, asumió la regencia junto con los otros dos miembros del Consejo.
3.8. Monseñor Cantero: sus cargos y sus ideas
En 1971, monseñor Cantero hizo unas declaraciones a la agencia “Cifra” en las que manifiesta sus razones para no abandonar los cargos políticos que ostentaba.[23] Aunque a los demás no les fuese fácil comprenderlo, a él le molestaba mucho que lo adjetivasen como “político” y procuraba evitar actos oficiales –incluso ausentándose de la ciudad- para no dar pie a que se le etiquetase como tal. Expresiones suyas, pronunciadas cuando pensaba que nadie lo podía oír, apoyan esta afirmación. Según algunos analistas informales, el hecho de ostentar estos altos cargos políticos hacía que más del 25% del clero rechazase todo lo que venía de él. Entre las jerarquías de la Iglesia -en España o en Roma- que intentaban distanciarse del régimen vigente tampoco caía bien su persona. En los ambientes políticos se comentaba que tenía más afecto a la persona de Franco que a su régimen. Él hablaba del “padrastro Estado” y de la “santa Madre Iglesia”. Tenerlo en su demarcación era para las autoridades civiles un potencial inconveniente que debían tener en cuenta. Simplificando: no era comprendido ni en los ambientes de Iglesia ni en los medios políticos.
En cuanto al mundo del trabajo, Don Pedro Cantero deseaba una pastoral obrera encuadrada en la pastoral de la diócesis, bien dotada económicamente, con sus obras (residencias, centros de reunión, etc) sus asociaciones y su clero dedicado a ello. Curas obreros sí, y con toda la flexibilidad que se quiera, pero insertados en la estructura diocesana. Obviamente le hería que le acusasen de defender a los ricos y poderosos. Los movimientos apostólicos especializados no compartían esta idea y tampoco los curas obreros. De hecho, se ignoraron importantes ofertas del Arzobispado y fue éste quien debió poner orden en residencias para aprendices que no cumplían su finalidad.[24] Los episodios de desencuentro eran una constante. En abril de 1971, en la parroquia de Ntra. Sra. de Begoña, durante el funeral del sacerdote obrero, Alfonso Gimeno Ruiz, fallecido en accidente de carretera, la homilía del arzobispo fue contestada por uno de los presentes. Luego, en la calle, subido en el capó de un coche, un sacerdote obrero intentó concienciar sobre los hechos. En 1974, diversos grupos cristianos de base le dirigen una carta abierta a través de la prensa...

3.9.- Involución postconciliar
Tal como afirman muchos historiadores, no hay que olvidar que la evolución en la Iglesia no comenzó con el Vaticano II sino a mediados de los años cincuenta, y no se originó desde la jerarquía sino desde la base. En 1979, en el “I Encuentro de Cristianos de Aragón”, celebrado en el Seminario de Zaragoza, en una de las pancartas se decía “No a una Iglesia vieja. Sí a una Iglesia joven”. Este eslogan  puede interpretarse como respuesta a los signos que llegaban desde Roma: teólogos amonestados, profesores y directores de revistas cesados, documentos y normativas en fondo y forma preconciliares…
Fue en 1980 cuando la revista "Misión Abierta" sacó un número con el título "¿Involución en la Iglesia?".[25] La respuesta afirmativa estaba muy generalizada. Demasiados hechos avalaban este juicio. La dimisión del Padre Arrupe segó muchas esperanzas. Para describir la situación se emplearon diversas denominaciones: involución, hibernación, frenazo, noche oscura, éxodo, golpe de timón... Teodoro creía que se debía seguir luchando en la misma dirección: “al fin y al cabo, la Iglesia no es nuestra madre sino nuestra hija: la hacemos nosotros”. Nunca se resignó a administrar la agonía en lugar de preparar el futuro.


[24] Teodoro intervino en el problema de la residencia “Juventud Obrera” situada en la calle Martínez Vargas.
[25 Es interesante repasar los títulos de la prensa internacional. L’Express (1967) “L’eglise en crise”; Time (1968) “Rebellion in the Catholic Chuch”; (1970) The Catholic Exodus: Whay Priests and Nuns are Quitting; L’Express (1971): Le Pape a peur…


3.10.- Profesor del CRETA

Durante veinte años -desde 1970- fue profesor de Sociología Religiosa en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón. En 1986, leyó la lección inaugural titulada “Relaciones Iglesia – Estado en la segunda republica española (1930-1933)”. En la disertación se sacaban conclusiones para la realidad actual.
Aunque era más lector empedernido que escritor, publicó un comentario al libro “Para comprender la sociedad del hombre moderno” de A. Calvo y A. Ruiz en el nº 2 de la Revista Aragonesa de Teología (1995). Luego, en las primeras Jornadas de Teología de Aragón, presentó, junto con Ángel Calvo, una comunicación titulada “Nueva cultura, teología y pastoral”. Cuando el artículo se editó, Teodoro ya había fallecido.


3.11.- Espacios de vida personal
Pese a su presencia activa en los más diversos campos, Teodoro se las arreglaba para tener los necesarios espacios de vida personal. En vacaciones viajó a Portugal al poco de darse la revolución de los claveles y hasta comió, por casualidad, junto a Otelo Saraiva de Carvalho. Visitó también Alemania, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, Italia… Ya estaba bastante delicado cuando fue a Turquía y a Marruecos.
Cuando se puso en marcha –con más ilusión que realismo- el periódico aragonés “El Día” también tomó parte en aquel proyecto como accionista. [1]
Se sentía especialmente cercano a la labor del sacerdote Cesar Royo Pardo, Medalla de Oro al trabajo por el desarrollo del pueblo gitano (1971). Le gustaba compartir ratos nocturnos de conversación con José Luís Palacio Asensio y los estudiantes que convivían en el piso de la calle San Juan de la Cruz. Era un ambiente informal y de gran creatividad. Cuando se terminaba el paquete de “Ducados” era la hora de marcharse. Visitar en Alfamén a Ramón Arribas Sánchez era siempre enriquecedor para él.
Aquella fue una época de secularizaciones. En 1970 se recibieron en Roma 3.800 peticiones de reducción al estado laical aunque un tercio de los que abandonaban el sacerdocio no seguía este procedimiento. Generalmente eran sacerdotes entre los 30 y los 45 años. El encargado de tramitar estas peticiones  solía pedir que firmasen como testigos a personas que no se iban a negar y entre ellas estaba con frecuencia Teodoro.
Era muy tenaz en la consecución de lo que se había propuesto. Una vez apareció un panfleto con las firmas falsificadas de varios sacerdotes. Lo curioso fue que la suya era la que más se parecía a la realidad. Su enfado fue impresionante y tras recorrer con un amigo muchas copisterías de Zaragoza –en las que se les tomaba por policías- logró averiguar el origen: un alto cargo de la curia diocesana que curiosamente tenía la letra muy parecida a la de Teodoro. Esto fue suficiente para que se calmase.
Comentaba con mucha satisfacción la semblanza leída, en octubre de 1990, por su amigo Ricardo Berdié, concejal de Izquierda Unida, cuando el Ayuntamiento nombró hijo adoptivo de Zaragoza, a título póstumo, al sacerdote Benito Ardid Brinquis. [2]



[1] Entre los accionistas había 8 sacerdotes.
[2] Puede encontrarse en el libro Volveremos a sembrar. Agenda, cuadernos y escritos de Benito Ardid. Zaragoza, 1991



viernes, 11 de mayo de 2018

INTRODUCCIÓN. II.- ASÍ SE FORMABA UN CURA



UN CURA EN LOS AÑOS DEL CAMBIO.
TEODORO SÁNCHEZ PUNTER.
Ángel Calvo Cortés, autor del escrito.
I.- INTRODUCCIÓN:
Circunstancias de diversa índole hacen cada vez más patente la necesidad de que la historia de la archidiócesis de Zaragoza conste por escrito. Es obvio que no pueden cubrir esta carencia ni el Boletín Oficial de Arzobispado ni la publicación  Iglesia en Zaragoza” y, desde luego, limitarse a usar como fuente la prensa diaria -que en cada momento tiene de hecho sus propios fines e intereses- sería pasar por alto las realizaciones más positivas para la evangelización y para la sociedad.

Teodoro Sánchez Punter.
Tener noticia de la vida de nuestra iglesia en tiempos difíciles (realmente, no se conocen tiempos fáciles) puede y debe dar ánimo a quienes hoy están en la brecha. La composición actual del clero diocesano es también una razón para procurar que sea conocida esta historia, sobre todo en lo que se refiere al siglo XX. Bastantes de los sacerdotes no vivieron determinados episodios importantes porque se encontraban estudiando fuera o por simples razones de edad. Por otra parte, son cada vez más los incardinados que proceden de otros países. Conocer el pasado debe reforzar su integración y su sentir personal de pertenencia a esta iglesia. Dejarlo todo en meras situaciones canónicas podría producir la sensación de pertenecer a una familia, pero sin padres ni hermanos.
Una fórmula –entre las muchas posibles- es la de narrar los acontecimientos historiables a través de pequeñas biografías de los sacerdotes relacionados con los hechos. Teodoro Sánchez fue uno de los más implicados en la vida de nuestra diócesis durante el último tercio del pasado siglo; por ello y por la amistad que nos unió, he escrito este artículo. Las líneas que siguen no pretenden dar juicios indiscutibles sobre nada ni sobre nadie, pero sí animar a quienes pueden ser los autores de los próximos artículos de esta serie.

II.- ASÍ SE FORMABA UN CURA:
2.1. Aquel monaguillo de Alcañiz
Teodoro Sánchez  Punter nace en Alcañiz el 14 de febrero de 1940. Su padre se dedicaba al transporte de mercancías con dos camiones de su propiedad. En aquellos tiempos, la familia podía ser considerada como de clase media y, por tanto, no entra en el tópico de que el seminario era la única salida para sus hijos.
Nadie se explica el motivo, pero lo cierto es que desde los cinco años Teodoro manifestó su deseo de ser cura. En cuanto le fue posible, formó parte del grupo de los monaguillos. En 1950, ingresó en el Seminario Menor de Alcorisa, aunque las normas exigían que el candidato tuviese “once años cumplidos.

2.2. El Seminario Menor de Alcorisa
Aquel viejo caserón llegó a albergar más de 250 alumnos y sus instalaciones eran bastante deficientes. Disponía de 15 wateres, tipo “placa turca”, situados en el patio de recreo  (lo que hacía necesario disponer de orinal en el dormitorio). Las duchas eran solamente cuatro. El carecer de cualquier tipo de calefacción era importante si tenemos en cuenta las “olas de frío” de aquellos años y el estar situado Alcorisa a 632 m de altitud. Da una idea de la temperatura que había en el dormitorio el hecho de que el agua se helaba en las palanganas situadas bajo las camas. Por otra parte, el pozo usado para el consumo humano se demostró no muy protegido de las aguas residuales.
A todas las carencias del edificio había que sumar las propias de aquella época. Las restricciones en la luz eléctrica obligaban con frecuencia a estudiar con velas o con carbureros. Estos artilugios consistían en recipientes donde se ponían piedras de calcita sobre las que se hacía gotear agua, generándose acetileno, cuya llama era muy luminosa. Al no tener ninguna válvula que regulase el gas sucedía con frecuencia que, por sorpresa, salía una llama horizontal de más de un metro de larga. En el tema de la alimentación, es conocido que entonces los alimentos no gozaban de libre circulación ya que estaban intervenidos por el Estado. Esto era problema en todos los hogares pero mucho más en el seminario donde había tantas voraces bocas que alimentar. Es significativo que como extra se diese medio huevo duro el día de San José. En 1952 se suprimió la cartilla de racionamiento y comenzó a cambiar la situación. En septiembre de 1953 se firmó el “Pacto de Madrid” entre Estados Unidos y España. Organizaciones católicas norteamericanas (National Catholic Welfare Conference) enviaron una ayuda alimenticia que distribuía Caritas: leche en polvo, queso de color rosado y mantequilla amarillenta.
En este centro de formación, la práctica religiosa estaba casi siempre sometida al contenido de un librito titulado “Prácticas de Piedad del Seminarista” (editado en 1946). Los cantos habituales estaban en “Canta et ambula”. Las letras -a veces tremendistas- de oraciones y cantos o las narraciones del anciano padre espiritual Juan Más Ron eran objeto de bromas, sobre todo por parte de los más mayores y casi nadie perdía el sueño por aquellas expresiones. En cuanto a política, no se percibía ningún deseo de indoctrinar ni apenas se recordaba la entonces reciente guerra civil. Por ejemplo, lo sucedido a mosen Domingo Buj Millán, cura de Alcorisa, nunca se contó en público.[1] Desde luego, no se cantaba ningún himno político como expresión de convicciones ni había clase de Formación del Espíritu Nacional (Ley 1945).
[1] Este sacerdote salvo su vida durante la guerra manteniéndose “tabicado”, es decir, viviendo escondido entre dos tabiques.
2.3.Vida de un seminarista
            En aquella época la campana para levantarse sonaba antes de las 6 de la mañana. Era comprensible que en lo duro del invierno se agradeciese el madrugón pues, al estar el dormitorio bajo cero, el frío se hacía notar incluso dentro de la cama. Para bajar a misa, Teodoro y sus compañeros se pusieron la sotana; era negra con cordoncillo y botones rojos (sin fajín). La beca roja y el bonete de cuatro puntas con borla roja se usaban en otras ocasiones. Integrado en una de las dos filas -era la única manera de circular tantos en tan poco espacio- bajó a la capilla donde se estaba más caliente. Tras la meditación y la misa, una vez hecha la cama y recogida la sotana, fue al refectorio. Allí el mobiliario eran mesas de “mármol” blanco y bancos fijados el suelo. Su vaso de metal, marcado con el número 277, guardaba sus cubiertos y su servilleta. Adosado a la pared, en el centro de la sala había un púlpito de color marrón claro. Durante la comida se leía primero el martirologio romano en latín y luego algún libro de aventuras en tierra de misiones tal como “El narcótico del fakir” de Celestino Testore u otras obras de acción.
La primera clase de latín lo dejó satisfecho: aquello ya lo sabía. Incluso tenía el voluminoso diccionario de Raimundo de Miguel y una gramática de José Guillén con páginas de papel oscuro. Las calificaciones iban del 0 al 7. Un suspenso con 1 era un coreano (la guerra de Corea empezó en aquel año) y un 2 (un patico) era ya un aprobado. A lo largo de los cuatro cursos se insistía en el dominio del latín, del castellano, la ortografía y la buena letra. En tercero se exigía aprender miles de exámetros latinos y traducirlos sobre la marcha.

Pronto descubrió Teodoro que él era un “picholo”; tal era la denominación que los “veteranos” daban a los novatos de primero. La verdad es que los de segundo curso usaban la palabra con cierto tono agresivo. Pero él tenía gente conocida: aquel curso estudiaban allí seis seminaristas de Alcañiz. Los de primero eran más de 42 alumnos; todos con su pantalón bombacho y su bata gris oscuro.[2]
El recreo de 1º y 2º cursos era en la pequeña plazoleta situada ante las puertas de la capilla. Se juntaban hasta 172 alumnos jugando[3]. Se jugaba al ajo, es decir, a dar pelotazos con una dura pelota de frontón a los del otro curso. Los de segundo se desquitaban así de lo sufrido el curso anterior y, dada su potencia y su puntería, muchos alumnos de primero preferían ir a la capilla.
Como todos los ambientes, también el seminario tenía su picaresca. Instrumento muy importante era conocer el alfabeto manual de los mudos: esto permitía comunicarse -incluso en los exámenes- sin ser detectado. Como amenaza de delación se decía “me gibaré”, en lugar de me chivaré. En una ocasión, ante la imposibilidad de faltar a clase, Teodoro manipuló el termómetro y hubo que llamar con urgencia al médico. Don Bienve pudo comprobar que la fiebre no existía. Hubo cachetes y amonestación pública para que no cundiese el ejemplo. Otro día, se subió en marcha a la caja de un camión para llegar antes al campo de fútbol, pero al pasar por aquel lugar el conductor aceleró y bajar fue bastante accidentado.[4] Ah! Lo que tardó más en comprender era qué significaba lo de “amistades particulares”.
Los paseos del jueves por la tarde podían ser a lugares cercanos tales como la era de Andorra, el pantano de Gallipuén o el calvario. A veces, se recorrían los 6 kilómetros hasta llegar a Berge y volver. En los días de campo la caminata podía ser hasta Alloza (16 km) o a Mas de las Matas. La formación física era excelente.
Mención especial merecen los “superiores”. Así se llamaba a los sacerdotes (Operarios Diocesanos) que ejercían las tareas de organizar, dar clase y educar a aquellos más de 250 seminaristas. Eran solo 8 personas; dos de mucha edad. Desde luego, tenían sus limitaciones personales, pero eran incansables. Nunca estuvieron de baja. Aguantaban las mismas carencias de la casa y de la época. Se levantaban antes y se acostaban después. Un horario lleno de clases, charlas, presencia en el estudio, obras de teatro, caminatas animando a todos y organización de días extraordinarios. En 1953 llegó como rector Ángel Jiménez Sánchez, que con sus 32 años y su sacerdocio casi recién estrenado tenía ilusión por mejorar las  cosas. Impuso el pelo un poco más largo, prohibió las alpargatas para ir de paseo y exigió corbata negra. Se pusieron altavoces en el comedor, hacía audiciones de música clásica con un viejo magnetofón ¡de hilo!, organizó turnos para usar las 4 duchas, hizo populares las canciones de Europa, leía poesía a los alumnos…
[1] En 1950 había 363 seminaristas en la diócesis y dos cursos después 455

[1] Este espacio (casi triangular) tenía unos 180 m2. Había en él dos gruesos árboles, escoltando la puerta de la iglesia y otro a la izquierda de la entrada a esta plazoleta.

[1] Este campo de fútbol, entonces abierto y pedregoso, dista del seminario 1, 7 km.

2.4. Resultados
La situación se vivió sin dramatismos ni miedo. En aquel entorno tan lleno de carencias, aunque los educadores lo hubieran programado, los resultados no hubiesen sido mejores. Lograron sacar (e-ducere) de los alumnos unos importantes niveles de cualidades humanas. Paradójico y sorprendente, pero cierto: Contra facta non sunt argumenta.
Sin orden de prelación ni pretensión de exahustividad se pueden enumerar algunas de las capacidades que más valoran los alumnos de aquellos años.

a) Espíritu de sacrificio, capacidad de autocontrol y de austeridad. Esto favorecía el equilibrio emocional. No había lugar para rabietas tontas ni para usar las lágrimas como chantaje. Todo ello sin ninguna norma ni castigo que no fuesen los habituales en la época.

b) El hábito de trabajo enseñaba a valorar lo que cuestan las cosas. Se fomentó el desarrollo de la memoria, pero no era un “empolle” mecánico: los miles de hexámetros latinos había que medirlos y traducirlos.

c) La maduración personal individualizada permitía ir asentando la personalidad sin “singularizarse”, sin necesidad de llamar la atención ante los demás. Se ejercía administrando la propia vida en temas como aceptar las consecuencias de las propias acciones, distribuir el tiempo de estudio o auto-cuidarse física y socialmente.

d) El compañerismo tenía manifestaciones que iban desde el no acusar nunca a nadie hasta el sacar del comedor (¡en el bolsillo!) pescado para el que había sido castigado a no cenar.

e) La alegría, propia de la edad pero también nacida del sentimiento interior, puede percibirse en las fotos que se conservan. Si las vocaciones aumentaban era, fundamentalmente, porque los seminaristas en vacaciones se manifestaban contentos de estar en aquel el Seminario.
Por entonces, era el respectivo párroco quien decidía si enviaba a un chico al seminario. Desde luego, esto lo hacía después de recibir información -a veces, incitación- del maestro y solo con el beneplácito de los padres y del chico. Al aspirante se le preparaba, no solo para el examen de ingreso, sino que también se le enseñaba una buena parte de los contenidos de primer curso. Luego, entre los ingresados, eran las malas calificaciones académicas lo que causaba el mayor número de bajas involuntarias. Esta circunstancia, como la vida demostraría después, no indicaba incapacidad intelectual del sujeto sino simplemente se debía a no responder en aquel momento a las exigencias establecidas. Por este concreto motivo, en cuarto curso podían quedar la mitad de los ingresados en primero.[5] A partir de esta criba, el dejar el seminario solía ser debido a decisión del alumno y, en algún caso, a expulsión por motivos de disciplina.
[5) Solo 52 alumnos quedaban en cuarto curso de los 102 ingresados en 1952.
 No todos los tiempos fueron iguales, por todo ello, no es extraño que algunos hablen de una “época de oro” del Seminario de Alcorisa y la sitúen entre 1950-1956. Hay un numeroso grupo de antiguos alumnos no sacerdotes que incluso han celebrado las bodas de oro de su ingreso en aquel centro y mantienen todavía sus lazos de amistad. Se confiesan contentos de haber estado allí: “Sabiendo lo que hoy sabemos, elegiríamos volver”. En expresión de Teodoro Sánchez: “nadie me robó mi adolescencia ni mi juventud y, por tanto, nadie me podrá convencer ahora de que me la habían quitado”. Parece evidente que no tienen porqué estremecerse las carnes de nadie al escuchar relatos de aquel seminario en aquellos años.

2.5. En el Seminario Mayor de Zaragoza
En el curso 1955-56, con solo 16 años, Teodoro comenzó a estudiar Filosofía en el Seminario Mayor de Zaragoza, entonces situado en Condes de Aragón, 32. Un mundo nuevo se abrió ante él: otros profesores, otros tiempos, otros horizontes personales y sociales. En opinión de muchos, el Seminario de entonces era intelectualmente más interesante que la misma Universidad de Zaragoza. Lo cierto es que el deseo de aprender y conocer era enorme. El hambre de pan padecido en Alcorisa se cambió por hambre de cabeza y espíritu. Interesaba más saber que aprobar.[6] Estudiar en grupo era una delicia.
[6] Hubo protestas contra un profesor, muy valioso por otros conceptos, por limitarse a explicar el manual de Seb. Reinstadler “Elementa Philosophiae Scholasticae”, cuya primera edición era de 1901.
 Estas inquietudes se veían potenciadas por la parte más joven del profesorado (varios menores de 30 años). Además, el Arzobispo Morcillo reforzó el claustro con Carlos Castro Cubells y José María Cabodevilla Sánchez. En los aspectos educativos, tuvo mucha influencia Cipriano Calderón Polo, vicerrector y encargado de teólogos. Era entonces un cura periodista de 33 años que daba ideas y renovaba cosas. Él hizo posible una sala de estar, con decorado y muebles modernos, donde el dominó y la radio eran menos importantes que los periódicos y revistas de que se disponía diariamente: Il Corriere della Sera, Le Monde, L’Osservatore Romano, Gaceta del Norte, El Ciervo y otros. Era idea suya que, si en lugar de rezar el “Oficio parvo”, se estudiase inglés en honor a la Virgen, ella estaría muy contenta y además sería muy útil. El popular Assimil se hizo presente entre los seminaristas.
La obra de Charles Moeller “Literatura del siglo XX y cristianismo  (1955) daba pistas sobre lo que era importante leer. Camus, A. Huxley, Graham Greene, Bernanos, James Joyce, Arthur Miller, Maxence Van der Meersch, Mauriac, Casona… ninguno de estos autores estaba en la biblioteca. Se adquirían de forma particular en la colección Austral, Libros Plaza o le Livre de Poche; luego, el intercambio entre los poseedores permitía una “biblioteca móvil”. Cierto que determinados superiores no eran muy partidarios de que se leyese literatura moderna  y de que algunos alumnos tampoco se enteraban mucho de la “movida”, pero eran la excepción.
Por el aula de conferencias pasaron entre otros el Padre Ignacio Elizalde, José Manuel Blecua, J.L. Martín Descalzo, Ildefonso Manuel Gil y también jugadores del Atleti de Bilbao. En teatro leído, por ejemplo, “Escuadra hacia la muerte” (censurada después de su 3ª representación en Madrid) o “La barca sin pescador” eran elegidas y representadas por los jóvenes alumnos de Filosofía que tenían entre 16 y 20 años. En cuanto al cine, lo proyectado solía tener notable calidad cinematográfica y el cineforum posterior a cada película aumentaba el interés. En las salidas personales a la ciudad -con su oportuna excusa justificativa- se aprovechaba a veces para ver alguna película.
Tampoco en las clases se educaba para atacar a la cultura del entorno sino para dialogar con ella. El hombre, su libertad, la solidaridad, el respeto y, sobre todo, el que las cosas se pueden cambiar eran temas de interés generalizado. Esto último dejó una huella muy clara en Teodoro. Tanto estudio y tanta lectura “provocaron” que los responsables cortasen la luz a una hora en la que se suponía que ya todo el mundo debería estar acostado. Pero los conocimientos de física hicieron inútil esta medida: un polo de la llave de la luz y otro conectado al radiador de la calefacción encendían la bombilla.
Carlos Castro Cubells, discípulo de García Morente (a su vez discípulo de Ortega y Gasset) era el puntal en cuestiones filosóficas. Ángel Berna Quintana, además de Teología Dogmática, daba también Sociología. Los problemas sociales y políticos de aquel momento interesaban y, en concreto, a Teodoro le atraían mucho. Se leían obras tan densas como “El pensamiento de Carlos Marx” de Yves Calvez, artículos de Arnold Toynbee o apuntes de personalidades cristianas como Alberdi, monseñor Ancel o Joseph Cardijn. La información sobre lo acontecido en el día había que sacarla -previa capacidad crítica- de los periódicos extranjeros o de la escucha de emisoras de onda corta (París, BBC, Pirináica, Moscú, etc). Esto era posible aguantando el ruido del molesto buzzer colocado por la censura gubernamental y gracias a un superheterodino de muchas lámparas montado por el sacerdote Alfredo Gil Muro cuando era seminarista. Las noticias normales se escuchaban de radio Zaragoza usando receptores de galena o de germanio hechos por los propios usuarios.
La afición a la práctica deportiva era grande. Tierra extraída en la construcción del estadio municipal de La Romareda (inaugurado en 1957) se porgó, se distribuyó y se apisonó hasta formar el campo de fútbol situado al este del Seminario y que por ello tiene cierta elevación sobre el nivel del entorno. Pocos años más tarde también los seminaristas harían en el duro mallacán el hueco de una piscina.
En el plano apostólico, algunos curas diocesanos se convertían, por su acción social y evangelizadora o por sus ideas, en modelo para los seminaristas. Había grupos organizados de Acción Católica especializada y muchos salían los domingos a colaborar en la catequesis de algunas parroquias de la ciudad. Teodoro iba a Valdefierro.
Era un ambiente joven y alegre, profundo y sin pedanterías, disciplinado y sanamente pícaro. En el lado este del edificio, a la altura del primer piso, había una cornisa que sobresalía unos cuarenta centímetros de la fachada. Saliendo por la ventana de la propia habitación se solía visitar a los compañeros a través de este estrecho corredor. No parecía importar el peligro de una caída desde más de cinco metros. Quien vigilaba la disciplina desde el pasillo y no veía a nadie salir de las habitaciónes, no podía sospechar el movimiento que realmente había.
En junio de 1962, Teodoro terminó 4º de Teología en Zaragoza pero no tenía la edad canónica exigida para el sacerdocio. En septiembre inició estudios en Roma. El 22 de diciembre de ese mismo año regresó para ser ordenado sacerdote por Don Casimiro Morcillo en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza y, días después, dijo su primera misa solemne en Alcañiz. Luego volvió a Roma donde se licenció en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y, en 1965, terminó su licenciatura en Sociología en el Angelicum. En aquel entonces no eran muchos los españoles que podían estudiar en el extranjero. Hacerlo en Roma era una oportunidad de conocer a gentes de todos los continentes, de ver la situación española desde fuera, de comprobar el funcionamiento de las plenas libertades democráticas, de conocer la movida política italiana y de tener cerca el mayor y más interesante partido de izquierda en Occidente. A todo esto se sumaba una circunstancia sumamente especial: durante su estancia se celebró el Concilio Vaticano II. En el Pontificio Colegio Español de Roma se podía conocer a las personas más destacadas de la iglesia española.[7] 
[7] Por la prensa y por cartas de los amigos conoció, en octubre de 1964, la sentencia sobre el robo en la biblioteca de La Seo.

2.6. Cura de pueblo
A su regreso de Roma fue enviado a las parroquias de Cretas y de Lledó (14.09. 1966 hasta 29.09.1969). Un Seat 600 amarillo le facilitaba sus desplazamientos. Estos lugares, relativamente cercanos a Alcañiz, no le eran desconocidos y además le permitían estar cerca de su familia. Cierto que no era un nombramiento espectacular pero por aquel entonces todo recién ordenado iba a un pueblo. Durante los tres años de permanencia en este destino mantuvo una gran sintonía con  sus feligreses y, sobre todo, con los jóvenes. Es verdad que en aquel tiempo los curas jóvenes eran muy valorados, pero fue su capacidad de cercanía lo que le dio mayor ascendiente. Tenía el don de entablar contacto enseguida aun en lugares que nunca antes había visitado. En su último año de estancia en estas parroquias recibió la visita del sacerdote Domingo Laín Sanz que en breve iba a marchar hacia Cuba para recibir preparación e incorporarse al ELN colombiano. Comieron en Horta de San Juan y, aunque Domingo no le dio ese tono, era claramente una despedida para siempre.[8]


[8] A quienes le queríamos nos dejó sin palabras. Domingo no era un ingenuo ni un desinformado. Fue enormemente duro para él dejarlo todo y para siempre: familia, amigos, entorno vital… pero, sobre todo, aceptar lo más crudo: en la guerrilla habría que matar a soldados del ejercito colombiano que, valga la expresión, ni siquiera eran gente rica. Además, él debía hacerlo sin la fuerza que a otros les daba el odio; moriría sin ver resultados palpables: solo para mantener vivo el grito por la justicia. Después, la realidad parece que resultó todavía más dura. Murió en acción de combate el 20 de febrero de 1974.
[9] Se habla poco de monjas obreras. María José Sirera Oliag, religiosa, directora en 1968 del CMU Azaila “comprendió de qué lado había que estar” y tuvo que dejar los hábitos para poder ser obrera.
El clero rural de entonces se movía mucho ante las necesidades de su entorno. Sin subvenciones y solo con la colaboración de los feligreses se hicieron cooperativas, clubs de juventud, grupos de teatro, excursiones al extranjero, campamentos, bandas de música, de trompetas y tambores, equipos de fútbol, bibliotecas, emisoras locales, tómbolas,  guarderías, colegios, transporte escolar, cines, academias, clases nocturnas, restauración de iglesias, semanas de juventud... Fue un enorme esfuerzo que no sería justo olvidar.